domingo, 30 de agosto de 2015

CAPÍTULO 1- ¡¡Vamos a la Escuela!!-Años 50-60

Recuerdos y vivencias de mi infancia en la escuela de Benquerencia y de mi regreso a ella años más tarde, ya como maestro. En un futuro completaré este capítulo contando algo de la época de D. Aníbal y otras cositas interesantes de aquella época. Muchas gracias a los que me han enviado sus colaboraciones. Espero que os guste.
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Como cada día Manolo revisó su cartera para comprobar si lo llevaba todo. Vio que le faltaba el pizarrín y le pidió uno a su madre.
-Toma, éste es de los blandos. Espero que te dure más porque eres un desastre que todo lo pierdes. 

-No te pares a jugar por la calle que llegarás tarde y luego el maestro le dará las quejas a tu padre que ya sabes lo que hace contigo cuando se enfada.

-No te preocupes madre, llegaré a tiempo.

La Escuela estaba justo enfrente de la Iglesia. Cuando entrabas a la derecha había un banco largo en el que cabían seis o siete alumnos. En el centro estaban los pupitres de dos plazas y la mesa del maestro. A la izquierda los servicios.
Cuando llegó Manolo se puso a jugar a las bolas con sus amigos Juan, Víctor y Joselín ya que la escuela aún estaba cerrada.

Pasadas las nueve asomó por la Calleja de la Loba con sus rápidos andares el maestro D. Valeriano. Abrió la puerta y cada uno ocupó su lugar. -Los pequeños caligrafía y los grandes a leer, ordenó 

D. Valeriano. 

El grupo de los mayores sacó el libro Cien Figuras Españolas y fueron leyendo individualmente. 

Las vidas de Viriato, Séneca, Quintiliano, Teodosio el Grande y el Cid Campeador desfilaron ante los ojos de los alumnos benquerencianos. Luego venían las preguntas para comprobar que se había entendido la lectura. Si no sabías algunas respuestas corrías el peligro de que se escapara algún que otro palmetazo.

Cada cierto tiempo uno de los alumnos mayores se encargaba de hacer la tinta. Eran unos polvos azules que había que mezclar con agua. La dosis era de un sobre por litro. Cada vez se hacían dos litros que era la capacidad del "bote de la tinta". Una vez hecha se procedía al relleno de los tinteros que había en los pupitres.
Para escribir con tinta utilizábamos unas plumillas de unos 4cm. que se insertaban en un mango. Había dos clases: la recta que se utilizaba para la escritura normal y la de "pico de cigüeña" que era angulada y se usaba para la caligrafía.

Un día llegó mi tío Valeriano a la escuela un barreño de chapa, un cántaro de barro para agua y un largo palo de madera. ¡¡Vaya misterio!! ¿Para qué querríamos en la escuela todos aquellos instrumentos ? 

-Mucho cuidado de no romper el cántaro que nos tendrá que ser de mucha utilidad durante bastante tiempo-nos dijo. 

Al cabo de unos días llegaron unos hombres y descargaron una serie de latas cilíndricas, más unos recipientes, también de esa forma geométrica pero de papel prensado, materiales, por otra parte, nunca vistos por nosotros. Las latas eran de latón color dorado con unas letras impresas en negro pero de unas formas desconocidas y con leyendas incompresibles que hablaban de ayuda al pueblo español etc. etc., y en el centro, también en negro, dos manos
estrechándose y al fondo de estas manos podía verse una bandera con muchas estrellas, que luego nos explicaron era la bandera de los Estados Unidos de Norteamérica. 

Exactamente la mitad de las latas contenían mantequilla y la otra mitad queso. Y el recipiente de cartón (bastante más grande que las latas) contenía leche en polvo.

La ayuda alimenticia norteamericana había llegado a Benquerencia   en forma de  leche en polvo,  mantequilla y  queso, productos éstos vedados durante muchos años entre las capas sociales más necesitadas. 
Aquello de la leche pulverizada era una rareza para muchos y un descubrimiento para casi todos que, al principio, tomamos con cierta desconfianza. En nuestra ignorancia, no podíamos concebir que un líquido se transformase en polvo, pero lo cierto y verdad es que al diluirlo en agua tomaba la blancura de la leche, algo de su espesor y un sabor aproximado a la que salía del ordeñe de las vacas o las cabras. 

Con la mantequilla no había duda, con el queso tampoco, dado su consistencia y efecto inmediato en el paladar sin más condición que el de morderlo y masticarlo, si bien nos extrañaba el color amarillento y su blandura pastosa aunque agradable.

A Manolo y Tomás les tocaba ese día preparar la leche así que echaron agua en un barreño, añadieron los polvos y comenzaron a remover. En unos cuantos minutos estaba lista para tomar. 
La verdad era que no estaba mala y algunos repetiamos el vaso que nos tocaba porque siempre sobraba y no era cuestión de tirarla.

Yo, de vez en cuando, quitaba la tapa y cogía un puñado de polvos, me los metía en la boca y se formaba una amalgama en el paladar que no se disolvía ni con ayuda del dedo índice que actuaba como rascador.
El queso venía en enormes latas cilíndricas de metal dorado. Era muy bueno, o al menos a mí me lo parecía, y tenía una textura parecida al queso de bola o a  los actuales quesitos en porciones. Los más afortunados lo poníamos dentro del bocadillo que llevábamos de casa. Otros sólo se traían el pan. Alguno había que ni eso.

En nuestro pueblo, por aquellas fechas, y a pesar de todo, no creo que hubiese verdadera hambre física hasta el punto de irse a la cama sin cenar por no tener algo que llevarse a la boca, pero sí carencias de todo tipo y necesidad de muchas cosas, entre ellas de alimentos que hoy consideraríamos de primera necesidad o básicos (huevos, carne, pescado, leche, fruta y otros) se comían, sí pero digamos, de forma muy precaria y dependiendo de la temporada estacional anual con respecto al alimento.

En los días de frío se pasaba bastante mal ya que el local carecía de cualquier tipo de calefacción y los sabañones estaban a la orden del día. 
En la mesa de mi tío Valeriano había un brasero que duraba un par de horas. 

Algunos llevábamos ascuas de la lumbre en una lata de sardinas de kilo vacía a la que habíamos enganchado un alambre para no quemarnos. Nos la poníamos entre los pies y hasta que se apagaban nos daban un calorcillo encantador.


En la escuela éramos 20 o 25 alumnos de distintas edades y niveles(Las chicas estaban en la otra escuela de debajo del Ayuntamiento con Dña. María y otra maestra).
Las materias principales eran las "Cuatro Reglas", algo de
Geometría, Geografía, Historia, Religión y otras cosas que venían en la "Enciclopedia Álvarez" de 1r. y 2º grado".
El cálculo solía hacerse por las mañanas. El maestro ponía en el "encerado" las cuentas de los diferentes niveles. Cada uno de nosotros copiábamos en nuestras pizarras las que nos correspondían y las resolvíamos. A la hora de corregir cada uno hacía una operación en el encerado y se comprobaban los resultados. Tambien era muy normal que "los mayores" corrigieran las de los más pequeños siempre con el visto bueno de D. Valeriano.


D. Valeriano y la maestra de la escuela de las niñas Dª. María venían cada día de Castuera porque allí tenían fijada su residencia. Lo hacían en el Forito del maestro, que era uno de los primeros coches, junto con el Angelito, que había en Benquerencia.

La escuela de las chicas estaba debajo del Ayuntamiento. Había dos clases. En una estaba como titular Dª. María y por la otra fueron desfilando varias maestras que, normalmente, estaban en Benquerencia durante un curso.

Durante bastante tiempo Dª. María venía de Castuera en una Vespa que  dejaba en la carretera para evitar las empinadas rampas que le conducirían a la escuela. Eso si, cada día un grupo de alumnas bajaban a esperarla para que no subiese sola.

La clase la tenía organizada según los conocimientos de las alumnas: Las que más sabían delante. Las que menos detrás. Era como una competición deportiva en la que ganabas o perdías puestos según el rendimiento obtenido durante la jornada escolar. Esta distribución venía de perlas si de improviso se presentaba el Sr. Inspector ya que era normal que hiciese las preguntas a las alumnas que tenía más cerca. Las de las primeras filas.
De izquierda a derecha y de atrás hacia adelante: Isabel de Gironza, Dª Paquita, Manola del Chiquitín, Vicenta, Maruja de Belmonte, Angelita, Rosa de Triviño, Antoñita, Pilar, ….Isidora, Consuelo, Natalia, Basi de la Churrera, Manolita de Plano, Manola de Algaba, Inesita, Manola, Carlota, Antonia de la Constanza, Anuncia, Maruja, Josefina, Isabelita, Angelita, Orencia, Magdalena de Mateobola, Magdalena y Cruz.

Durante el invierno se pasaba mucho frío en las clases ya que no se contaba con nigún tipo de calefacción,
Dª. María habló con Víctor, el alcalde, y consiguió que Eugenio, el carpintero, le hiciese una tarima para su mesa con el correpondiente hueco para colocar el brasero. Cada día un par de alumnas eran las encargadas de que estuviese prendido para cuando llegase la maestra.

Maestros y maestras de aquella época además de Dª. María y mi tío Valeriano fueron D. Víctor, D. Ramón, D. Félix, D. Tomás(de Salamanca), D. Adolfo Noci Sánchez(de la Higuera) que venía los lunes en su moto Lambreta y se quedaba hasta el sábado en casa de la María de Canela, D. Fidel, Dña. Concha, Dª. Paquita, Dª. Carmen, Dª. Bebis, Dª. Trini.

Mención especial merece D. Aníbal, hermano de la Asunción. Estuvo en Benquerencia durante bastantes años. Daba clase en los doblados de la Pilar de Roque y de la María de Juan Puro.
Fue un gran maestro que obtenía de sus alumnos excelentes resultados(un buen número de ellos hicieron carrera). 

De su profesionalidad baste decir que un día faltaron a la clase José del Choncho y El Caracol  mandó a dos alumnos mayores a sus casas para informarse del por qué no habían asistido. Si la causa no era justificada tenían que volver a la clase y una vara de "acibuche" les haría entrar en razón para que esos acontecimientos no volvieran a repetirse.(Recabaré más información sobre él cuando vaya a Benquerencia y ampliaré este texto)


ANÉCDOTAS Y CURIOSIDADES
Año 1956
Cada jueves por la tarde, si el tiempo lo permitía salíamos de paseo al campo para conecer y estudiar la naturaleza.
Recuerdo que uno de esos jueves salimos por el camino de la Muña. Me extrañó que mi tío Valeriano me diera, para que se la guardase, una caja de cerillas. Estuvimos mirando los campos y
hablando de los cultivos de la huerta. 

Llegamos hasta el horno de Ignacio donde vimos los adobes que se estaban secando al sol mientras las tejas y ladrillos de arcilla roja se cocían dentro del horno.

Iniciamos el regreso y al llegar a la Muña nos colocó  en círculo alrededor suyo.
-¡¡Manolo, dame las cerillas!!- me gritó.
Todos estábamos deseosos de saber lo que iba a hacer con las cerillas.
Mi tío comenzó a hacernos preguntas: 
-Juan: ¿Por qué hace más calor en el verano que en el invierno?
-Porque en el invierno el sol está más lejos- contesto el alumno.
-Jesús: ¿Cual es tu respuesta?
-Que en el invierno las nubes tapan el sol y por eso hace más frío-contestó Jesús.
Entonces sacó de la caja una cerilla y mostrándonosla dijo:
-Esta cerilla es el Sol y mi de dedo la Tierra que, como ya sabéis, va girando alrededor de él.
Encendió la cerilla y continuó.-En invierno la tierra está situada aquí-dijo, colocando el dedo al lado de la cerilla, y los rayos  llegan a ella oblicuamente.
-En cambio en verano hace más calor ya que los rayos son  verticales porque la Tierra está aquí, y colocó el dedo por encima
pero demasiado cerca de la llama. 
-¡¡Me cago en diez, que me he quemado!!. gritó retirando la mano y tirando la cerilla. 

La mayoría soltamos una carcajada y luego nos vimos negros para seguir los rápidos andares de mi tío en el regreso a la escuela. Llegamos muy cansados pero todos habíamos aprendido el por qué de los cambios de temperatura en la cuatro estaciones del año.
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Durante bastante tiempo acompañaba a mi tío en los desplazamientos a Castuera Dª María, la maestra. 
Una tarde "subieron" al coche en el árbol de la carretera. Se ve que Valeriano fue hablando todo el tiempo y al llegar al final del viaje dijo a la maestra:
-¡Baja María que hemos llegado!.
Resultó que Dª María se había quedado en Benquerencia y él ni se había dado cuenta.
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Antes de comprarse el coche se desplazaba en una moto de gran cilindrada que hacía mucho ruido pero alcanzaba poca velocidad. Muchas veces comentaba refiriéndose al molino de aceite que habia a la salida de Castuera en la cuesta del Pozón:
¡¡Dicen que hay un molino!!  ¡¡Yo no lo he visto!
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Cuando empecé a estudiar en el colegio de Castuera me estuve quedando en su casa a comer durante un curso entero. A la semana o así de haber finalizado las clases estaba yo parado en la calle de Santa Ana cuando le vi acercarse por la acera  con sus rápidos pasos. Aún faltaban tres o cuatro metros para llegar a mí cuando lo saludé con un ¡hola! y levantando mi brazo.
-¡Hola! -me contestó sin detenerse.
A los diez o quince metros se detuvo en seco y dándose una palmada en la frente se volvió diciéndome.
-Me cache en la mar sobrino. ¡¡Ya decía yo que te conocía de algo!!

COLABORACIÓNES:

Antonia Plano Paredes-Año 1954: 

Me cuenta una anécdota la Antonia de Plano que le marcaría para toda su vida: Las chiquillas estaban jugando en la puerta de las escuelas esperando que llegase la hora y las maestras les permitieran la entrada para iniciar la jornada escolar.
Las alumnas de Dª. Concha entraron alborozadas y contentas con la alegría que daban sus encantadores años y el precioso día de primavera que disfrutaba Benquerencia.

Pero una de las alumnas entró llorando. 
-Antonia ¿Qué te ha  pasado? ¿Por qué llorás?-le preguntó Dª. Concha 
-Es que la Cristo me ha dado un pellizco retorcido-
¡Cómo que un pellizco retorcido?-
La Antonia cogió el brazo de la maestra para mostrarle lo que le había hecho la Cristo diciendo: -Así. 
Dª Concha dio un grito y le arreó a la alumna un tortazo en toda la cara.
La Antonia salió corriendo para su casa y nunca más volvió a pisar una escuela. Se hizo autodidacta y, aunque en aquella época estaba en la cartilla de la a,e,i,o,u, aprendió por su cuenta a leer y escribir además de las cuatro reglas. Trabajó durante muchos años en la farmacia del pueblo desempeñando a la perfección su trabajo.

Manolo Trajina-Año1960: 
Mi primer maestro fue D. Ramón que era de Castuera y rápidamente se hizo famoso porque nos dio una paliza con una vara de acebuche con nudos porque a un hijo de Agustín del Canario le quitaron la cartera de los libros. Posteriormente se aclaró que nadie se la había quitado sino que él mismo la había escondido entre el forraje y las habas que teníamos sembradas en el patio del colegio que estaba situado debajo de la carretera. La paliza fue de gran magnitud, sobre todo a los que pasamos primero. Yo fui el más perjudicado me hizo grandes verdugones y moratones. Otro de los que más cobró fue Antonio Morillo Nogales(el Golorín) . Mi padre me llevó al médico, D. Agustín y lo denunció. Luego le pidió pidió disculpas y mi padre le perdonó retirando la denuncia.
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Manolo Trajina-Año1961: 
También recuerdo que varias veces en primavera, cuando llegaba el jueves por la tarde, nos llevaba a toda la clase a coger espárragos al olivar de Gironza. Éramos unos treinta niños ya con doce o trece años. Imaginaté los espárragos que juntábamos. Claro todos para él. Luego nos obsequiaba con un lápiz o una goma de borrar.
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Manolo Trajina-Año1962: 
Otra vez recuerdo que estando con D. Ramón en la escuela de arriba(delante de la Iglesia) pasaron las niñas camino de su clase, que estaba en los bajos del Ayuntamiento,  cantando la siguiente canción:

San José de Calasanz 
se comió un pan,
la cabeza de un lagarto
y no quedó jarto.

Ésto lo oyó el maestro que las páro en seco y les dijo:
-Mañana me traéis escrito 1000 veces lo siguiente:

A San José de Calasanz
patrono de los maestros
tenemos que respetar
como si fuera lo nuestro.
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Manolo Trajina-Año1958:
Otra anécdota con el mismo maestro es que como bien sabes en invierno llevábamos a la escuela nuestro propio brasero fabricado con una lata de sardinas de unos 20 cm. de diámetro con un asón un poco alto para no quemarnos. Cuando llegábamos a la escuela nos quitaba a cada uno un par de brasas y llenaba su brasero para no pasar frío. Pero no por favor sino ordeno y mando.
Los métodos que se empleban en aquellos tiempos hoy serían inadmisibles. La mayoría de los maestros pensaban que "la letra con sangre entra"

Antonio-Año 1961:

Durante los recreos era costumbre que uno de los dos maestros subiese al Ayuntamiento mientras el otro se quedaba en la Escuela.
Un día regresó D. Víctor antes de tiempo y se encontró dentro de la clase  a
Juan de la Micaela fumando. No le dijo nada. A Juan le extrañó muchísimo y esbozó una sonrisita como diciendo "de buena me he
librado". La clase continuó como si nada hubiese pasado. 

Cuando se pusieron de pie a la hora de salir D. Victor señaló con el dedo a Juan diciéndole. "No salgas. Espera un momento que tengo que hablar contigo".
Cuando los alumnos marcharon, a excepción de Antonio y Ricardo que  se quedaron para terminar unos ejercicios, el maestro sacó su paquete de tabaco y, con mucha parsimonia, se puso a liar un cigarro. Juan lo miraba desconcertado. Cuando acabó dijo: 

-Hombre Juan, me he dado cuenta que fumas. Pues bien toma este cigarrillo.-
Se lo puso en la boca y lo encendió con su mechero de gasolina.
Los dos se quedaron en silencio y Juan iba dando caladas sin comprender nada. Cuando quedaba menos de medio cigarro Juan se dispuso a tirar la colilla. El maestro lo cortó en seco diciéndole:

-Ponte firme y sigue fumando. Como toques el cigarro con las manos te parto la cara.-
Pasaron unos minutos angustiosos ya que, cuando comenzó a sentir el calor del cigarro en los lábios, a Juan se le cayeron los primeros lagrimones. Poco después le dio un tortazo y la colilla salió volando por los aires. Seguro que pasaron unos cuantos años hasta que el amigo Juan empezara a fumar de nuevo.

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Fueron pasando los años. Manolo hizo  Bachillerato en el colegio de Castuera y Magisterio en la Normal Pablo Montesinos de Madrid. El curso 1960-61 estuvo en Benquerencia como interino. Las cosas habían cambiado mucho.
La "Escuela de los muchachos" ahora estaba debajo de la carretera y en ella había dos clases en las que se agrupaban los alumnos por orden de edad. El otro maestro de aquel curso era D. Víctor.
  
Alumnos curso 1960-61
Los seis de detrás: Antonio del Carpintero, Salvador Matías, Manolo de Teodomiro, D.Víctor, Pepe de la Hormiguita y Manuel de la Luisa del Zambombo..En el medio: Juan de la Micaela, Sixto Ramón, Jenarín, Santiaguín de Rorro, Elías de Calixto, Rafael de la Elisa, Victor del Pintor, Antonio de Justo de Tarrán, Ricardo del Guardilla, Eugenio del Carpintero, Pedro de Miguelete y Chacón.  De cuclillas: Pedrito del Vaquero, Rafael, Eugenio de Plano, José de Trajina, Diego de la Casilda, Manolo del Sastre, Antonio del Marruchino, Moisés de la Luisa del Zambombo, Pedro de Severino y Julio de Ubaldo. 
Los mismos de la foto anterior y yo
Las canastas de baloncesto las hice yo con unos tableros y dos aros de los de colgar las macetas. Total no disfrutábamos nada jugando.

Viendo las fotos anteriores vienen a mi imaginación recuerdos imborrables.¡¡Cómo han pasado los años!! ¡¡Cuántas vivencias e ilusiones!!

Hay tres o cuatro que, por desgracia, ya no están con nosotros. A ellos especialmente y a todos los alumnos/as de aquellos años va dedicado este capítulo.
Foto del año 1991
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: 1 Yolanda, 2 Susana Morillo,3 María Jesús Morillo, 4 Don Pedro,5Pedro Luis Benítez, 6 Leonor Gallardo, 7 Inma Acedo, 8 Adán Tena,9 Luis Tena, 10 Antonio Gómez, 11 Lina, 12 Manoli Gallardo, 13 Inés María Sánchez, 14 Jesús Tena, 15 Santiago Morillo, 16 Borja Tena     

FOTOS

SABINA RAMIRO(Foto enviada por Rafael Sánchez Ramiro)
PAULINA E ISABEL BENÍTEZ ROMERO
CARMEN MARTÍN
 
BASI TRIVIÑO
 JOSÉ MARTÍN
 ORENCIA MORILLO
 ROSA TENA y LOLA AMAYA

JULIO RIVERA HIDALGO
(Si alguien quiere contar en este capitulo alguna anécdota (las positivas también valen), texto o fotos que tengan alguna relación con la escuela de aquellos tiempos sólo tiene que enviármelas por  Fecebook(en privado), whatsAp o correo electrónico).

sábado, 29 de agosto de 2015

CAPÍTULO 2- Aquello si que era fútbol auténtico


Los primeros datos que he conseguido del fútbol en Benquerencia se remontan a mediados de los años treinta.

Por aquella época había en Perelada un sacerdote benquerenciano Frutos Tena Amaya que era gran aficionado a este deporte. Era una persona muy popular en ambos pueblos.

De vez en cuando organizaba partidos amistosos del Peraleda contra Benquerencia. El equipo benquerenciano  muchas veces prefería jugar en terreno contrario porque carecía de un campo de fútbol adecuado.
Los jugadores de Benquerencia encabezados por Sixto Hidalgo, Ángel Morillo, Alejandro Tena, Pepe Tena y otros, además del propio cura, hacían en bicicleta los 27 kilómetros que separan ambos pueblos.

Estos partidos despertaban gran espectación en el vecino pueblo y acudían a verlos gran cantidad de aficionados locales y algún que otro benquerenciano.

Cuando acababa el partido Frutos invitaba a los jugadores benquerencianos a tomar unas gaseosas en la Casa del Pueblo y despedía a sus amigos que, después del cansancio del encuentro,  tenían que hacer pedaleando los otros 27 kilómetros de regreso. Además como no había bicicletas para todos en muchas de ellas iban dos jugadores que, cada cierto tiempo, se turnaban en el pedaleo.
¡¡Qué cracks!!
Debido a lo accidentado del terreno en Benquerencia era imposible encontrar una superficie plana con la suficiente extensión que sirviese para poder practicar el fútbol. Los entrenos y partidillos de cada día se hacían en el pequeño ensanche que había en la carretera entre la desembocadura de la Calleja y la era del Roso.
Otras veces los jugadores bajaban por el camino de la Ermita y jugaban los partidos en la era de Arturo que estaba delante de Rando.
Jesús de Molinilla, Luis de la Canaria, Manolo del cartero, Víctor Matías, Pedro Porrilla, Joselín, Angelín(el Chiri), Emilio Tena y Pepe Luis(Foto de un partido Castellán-Benquerencia)
También se jugaba en la Dehesa enfrente del horno de Loja.
Posteriormente se habilitó como campo de fútbol y se pusieron unas porterías en un terreno situado a la izquierda de la carretera del Campo. La verdad es que por la distancia o no sé por que motivo el caso es que esos sitios no tuvieron aceptación entre los futbolistas benquerencianos.

Cuando había algún partido con algún pueblo vecino se jugaba en el "Lejío". Era admirable el esfuerzo que tenías que hacer para subir la cuesta después de la paliza que te habías dado jugando.

                                                    
Jugadores benquerencianos en "El Abrevadero"
En unos años el sitio preferido para jugar partidillos amistosos o de solteros contra casados fue el Abrevadero. Recuerdo que se hacían unos agujeros en el suelo y se colocaban los palos de las porterías.


Verano del 1959 en Benquerencia de la Serena

Antonio cogió su pelota y se encaminó a la carretera. Allí le estaban esperando sus amigos Jesús, Sánchez de Cobertones Manolo, Joselín,Víctor, Pepe Luis, Angelín, Emilio, Porrilla y otros mozalbetes que estaban tirando piedras desde el terraplén para ver quien llegaba más lejos para entretenerse hasta que llegara el balón .
-¡Venga Antonio eres un tardón!, le recriminó Jesús nada más asomar por la Calleja.
Se acercaron a él corriendo para darle la gran noticia: 
¡¡El domingo hay partido contra Helechal!!.

Sin hacer más comentarios se pusieron a entrenar con más ilusión que otros días.
El "terreno de juego" era un pequeño ensanche de la carretera situado a la izquieda de la Calleja al lado de la parada del Servicio.
Cuando había pocos jugadores se marcaba con dos piedras una única portería de espaldas al pueblo. Enfrente se colocaban los delanteros y en los laterales, dirección Castuera y Helechal los extremos.

Eran varias horas de continuos centros y remates que sólo se interrumpían cuando alguna pelota impulsada con demasiada fuerza caía en los corrales de la Agustina, Mereje o de la Machaquita.

Con la Agustina y la Machaquita no había ningún problema para recuperarla ya que había poco desnivel y sólo teníamos que bajar para cogerla. 

Con Mereje ya era otra cosa porque la pared de su corral era mucho más elevada ya que mediría muy bien tres o cuatro metros y era difícil descender por ella. Normalmente tenía la puerta de atrás cerrada y no se debía de enterar si caía la pelota  y  bajábamos por ella pero muchas veces sucedía un caso curioso. 

El corral tenía alarma. Si, si alarma. Cada vez que caía la pelota las cuatro o cinco gallinas que tenía cacareaban y se ponían a dar pequeñas volantadas como si estuvieran locas. Al momento Mereje abría la puerta y cogía la pelota. Para que no se enfadara había que dar la vuelta y entrar por su casa para pedírsela. Algunas veces se enfadaba y nos la retenía un buen rato hasta que se calmaba y nos la devolvía.

¡¡Lo que tenía que aguantar el buen hombre!!

Hacia el corral de la Machaquita la pendiente era más suave y, después de dar unos cuantos de botes la pelota llegaba a su casa rodando. Chocaba contra la pared y se paraba.
Algunas veces entraba por la puerta, que acostumbraba a tener abierta de par en par, y al que bajaba a buscarla siempre le decía lo mismo:

-Buenas tarde hijo, ahí la tienes en ese rincón.

En otras ocasiones la pelota entraba por la puerta de atrás y salía por la de delante. Entonces su comentario era: 

-Ha pasado por aquí como una loca. Ni me ha saludado. Seguro que va a le Ermita a rezarle un Padrenuestro a San José. Anda hijo corre que si no, no la alcanzas.

¡¡Qué gran mujer!!

La vestimenta de los jugadores era muy variopinta: Pantalones cortos, pantalones largos, bombachos, camisas de manga corta, camisas de manga larga, camisetas de tirantes.
No digamos del calzado: Alpargatas, zapatillas, botas y sandalias hechas por Luis el Cartero, zapatos de vestir etc.etc.

A mí me llamaban mucho la atención las botas de hebilla que llevaban Antoliano y Sánchez de Cobertones porque, al correr, las hebillas hacían cric, cric, cric como si fuesen cascabeles.

Cuando el grupo de jugadores era más numeroso se jugaba un partido alargando el campo hecia la era del Roso y poniento dos porterías en medio de la carretera. Era increíble la habilidad de algunos jugadores manejando la pelota en la misma cuneta llena de cardos ya que esta formaba parte del "terreno de juego".

Creo recordar que El Rachao y alguno más del Altillo jugaban descalzos y cuando tenían que ir por alguna pelota pisaban los enormes cardos borriqueros como si nada. ¡¡¡Increíble!!!

Las pelotas que se usaban para entrenar eran, la mayoría de las veces, de goma. Duraban poco porque se pinchaban con los cardos y había que desecharlas. Había algún que otro balón "de reglamento" que era el clásico de cuero o badana que tenía una cámara interior con una boquilla para su inflado. Tenía una ranura con un cordón de cuero para poder sacar la camára en caso de pinchazo. 
Si al rematar de cabeza te encontrabas con el cordón de la ranura estabas viendo estrellas durante un buen rato.

En aquella época por la carretera pasaban pocos coches. Cuando veíamos venir alguno apartábamos las cuatro piedras de las portería y le dábamos paso. El conductor reducía la marcha y nos lo agradecía saludándonos con una sonrisa o con un movimiento de manos.

¿Os imagináis esta escena actualmente?

El día del partido los jugadores de Helechal se presentaron en Benquerencia utilizando los dos medios de comunicación mas comunes en aquella época: andando y en bicicleta. Venían muy contentos entonando sus cánticos porque en el último partido, jugado en su "casa", nos habían ganado 5-1.

Sobre las cuatro de la tarde empezó el movimiento en el camino del "Lejio". Jesús, Pedro, Juan y Luis llevaban los postes de las porterías que eran dos cuartones de pita que, al estar secos, pesaban poco. Detrás de ellos iban los jugadores acompañados por toda la chiquillada del pueblo, familiares y alguna que otra zagala. 

La comitiva parecía una serpiente multicolor ya que, como el suelo estaba lleno de cardos secos que
pinchaban una barbaridad, había que caminar de uno en uno por la estrecha vereda zigzagueante que nos llevaba a la entrada del "Lejío".

Una vez allí se hicieron cuatro agujeros y se pusieron las porterías. Otro grupo se dedicó a quitar parte de los numerosos cardos que había en el terreno de juego.

Por fin saltaron al campo los jugadores El equipo benquerenciano vestía pantalones variados y camisas de tira blancas. Los helecheños pantalones normales y camisas de manga larga.

Benquerencia salió en tromba acorralando a Helechal en su "área" pero, en un rápido contrataque del equipo helecheño nuestro portero, Jesús de Molinilla no pudo evitar el el gol. 

Los jugadores de Benquerencia siguieron poniendo cerco a la portería contraria pero una pelota bombeada desde el centro del campo supuso el 0-2 para los visitantes. La chiquillada benquerenciana animaba a su equipo ante la injusticia de un resultado tan adverso.

Se llegó al descanso con el mismo resultado y la mayoría de los jugadores corrieron a la cercana fuente para beber y refrescarse un poco ya que hacía un calor insoportable. 

Unos pinchazos provocados por los cardos y varios arañazos en una pierna de Jesús era lo único digno de destacar en el aspecto físico. En el moral los jugadores de casa estaban destrozados ya que no comprendían como con lo bien que habían jugado estaban perdiendo el partido.Yo me acerqué a darles ánimos y les dije que quedaba toda una segunda parte en la que se podría cambiar el resultado.

Comenzó el segundo tiempo. Ángel, Emilio y Pedro se hicieron los dueños del centro del campo y comenzaron a servir balones a la delantera en la que Pepe
Luis en un abrir y cerrar de ojos marcó dos auténticos golazos. La chiquillada, loca de alegría, animaba a los jugadores venaos. 

Después llegaron otros tres goles que dejaron en cinco-dos el resultado final.
Nuestros jugadores, exaustos, pero contentos se abrazaron con los seguidores y después de refrescarse y beber agua iniciaron el camino de regreso al pueblo.

Como era costumbre la comitiva hacía una parada en la Fuente para beber y refrescarse un poquito.
La entrada por la calle Arriba fue apoteósica. Los vecinos al oír la algarabía salían  a las puertas y con gran alborozo aplaudían a los jugadores.

Este era el auténtico fútbol que se practicaba en nuestro pueblo y no el que hay ahora totalmente comercializado. 

Si se pudiesen medir la ilusión y el esfuerzo ¿cuánto tendrían que haber cobrado los jugadores de aquella época?

Algunos de mis amigos y yo cuando acababa el partido nos íbamos a la vía  y poníamos en ella alguna perra chica, gorda o dos pequeños trozos de alambre cruzados. Cuando pasaba el tren se convertían en chapas y tijeras. 

¡¡Qué bien nos lo pasábamos!!

Capítulo abierto en el que se puede incorporar cualquier anécdota foto o texto que me enviéis-Gracias.

CAPÍTULO 3 ¡¡ Qué llega San José!!

Aún faltaba una  semana para San José y en la casa de  Pedro no  se hablaba de otra cosa que de la preparación de los festejos.

Como una hormiguita se madre, la Casilda de Periquete, había ido  guardando en un puchero gorda a gorda, peseta a peseta, las  "perrillas"  necesarias para poder afrontar   los gastos que  se avecinaban que no iban a ser pocos. María,  la   hermana de Pedro, ya  tenía
preparado su traje nuevo para las fiestas. 

La Casilda se las apañaba bien con la costura y se lo había confeccionado ella  misma con un retal que había comprado en la "Tienda Chica de Castuera. Lo del traje de Pedro resultó más complicado ya que su madre no  lo   pudo "rematar" y se lo tuvo que llevar a la Sastrilla para que   lo acabara.
Pedro Manuel, el marido de Casilda,  trabajaba en el   molino de la Rana y en faenas del campo. En los ratos  libres iba encalando la fachada de la calle. Siempre      estaba refunfuñando porque  no le gustaba esa faena  pero seguro que estaría terminada para la ocasión.

La Casilda quería pintar el interior de la casa ya que     con la humedad habían salido varios manchones que, además, se veían desde la calle.   Había avisado a  Manuel "el Pintor" que era el especialista en la  materia y era el único para hacer unas cenefas
preciosas que adornaban toda la casa. Manuel  le había contestado que tenía   un montón de faena para esos días y no sabía si le daría tiempo. 

-Pedro, levántaté ya que tenemos que ir a por tierra de color ya que si
Manuel no   puede venir pintaré yo la casa-dijo Casilda. Pedro se levantó, echó agua  del jarrillo  en la palangana y se lavó la cara  usando el jabón de piedra que  su madre había hecho días atrás con aceite  usado y sosa cáustica.

Cogieron una espuerta y un zacho y se dirigieron al “Terrero”(estaba  situado en la falda de la sierra por encima del Rabo. En él había unas vetas de tierra de color. Esta tierra diluida en agua servía para pintar las casas).
Ese día el “Terrero” estaba muy concurrido y tuvieron que esperar a que un buen rato hasta que pudieron empezar a cavar con el zacho y extraer la tierra suficiente para llenar la espuerta. Una vez acabada la faena iniciaron el regreso a casa parándose de vez en cuando ya que la tierra que llevaban pesaba lo suyo. Casilda se llevó una alegre sorpresa cuando desde la casa de Manolito divisó a
Manuel el Pintor esperando en la puerta de la suya
con un par de brochas bajo el brazo.
-Buenos días Manuel, gracias por venir, pensaba que no lo harías y estaba dispuesta a   empezar yo la faena pues San José no se     merece que en su día esté mi casa tan impresentable-le comentó Casilda como saludo.
-Buenos días Casilda.
-Ayer me quedé hasta las tantas de la noche para acabar la casa  de la Perica y hoy tengo que acabar la tuya. Trae la tierra que empiezo  ahora mismo- le  contestó el Pintor.
Manuel cogió la espuerta con la tierra, recorrió el amplio pasillo    que llevaba hasta el corral y en un cubo mezclo la tierra con agua para preparar la pintura. En unos minutos estaba trabajando.  Seguro que para cuando llegara la noche habria terminado de pintar todo el pasillo de la casa con cenefas incluídas.¡Todo un crack!, si señor.

A medio día la Sastrilla les mandó el traje de Pedro ya terminado. La Casilda llamó a Pedro para que se lo probara y comprobó que le quedaba perfecto.

Después mandó a Pedro a casa del barbero, que vivía en el cerro de la calle Arriba, para que le cortara el pelo. 
No se lo tuvo que repetir dos veces ya que Ñoño, el barbero, era una persona muy agradable que siempre estaba contando chistes y chascarrillos que a Padro le encantaban.
A Pedro le parecieron interminables los días que faltaban para San José. A media mañana del día 17 estaba jugando con sus amigos en la carretera cuando vieron asomar por la Zanja el primer carro. Todos alborozados corrieron a recibirlo y lo acompañaron hasta la puerta del Moscatel que era el lugar donde cada año el feriante montaba su tienda. Se sentaron en la calzada de la María de Galito y allí permanecieron como hipnotizados un par de horas viendo
como el feriante sacaba del carro listones de madera con los que fue formando el armazón de la tienda. Luego colocó por encima unos toldos enormes que caían por los laterales llegando hasta el suelo. En ese momento Pedro y sus amigos se fueron otra vez a la carretera porque sabían que otros carros estaban a punto de llegar.

Se pusieron a jugar al balón y a los quince o veinte minutos aparecieron varios carros. Corrieron a recibirlos y los acompañaron

hasta el pueblo con gran algarabía. Una de las tiendas recien llegadas era la favorita de Pedro y sus amigos: la de Fernando con sus escopetas de plomos.

A media tarde llegaron otros dos carros y las famosas "Barcas de Narciso" que, como cada año, montó en la Plaza.
El día dieciocho continuó el mismo ajetreo de idas y venidas a la carretera y a media mañana la calle Corredera estaba repleta de tiendas desde la Plaza hasta la puerta de Carnera.
Aunque las tiendas estaban cerradas hasta que pasaba la procesión el ambiente festivo reinaba en el pueblo ya que la víspera de San José había baile y la gente no se quedaba en casa.
Aquella noche Pedro estaba tan nervioso que casi no pudo pegar ojo. Con el canto del primer gallo dio un salto de la cama y se levantó. El "Gran Día" había llegado.

-Buenos días hijo. ¿Por qué te levantas tan temprano?-le dijo su padre que estaba encendiendo la lumbre en la cocina. Sientaté aquí que a estas horas hace un poquito de frío-.
Al poco tiempo se levantaron Casilda y María. La madre retiró el puchero del café que Pedro Manuel tenía en la lumbre. Preparó cuatro tazones con leche de cabra y  le añadió el café que aún estaba humeante. Con unos terrones de azúcar y pan del día anterior el desayuno estaba listo.

A eso de la nueve Pedro y Maria se fueron a la carretera para ver llegar al gran número de devotos que San José tenía en Castuera y que ese día venían a Benquerencia a depositar su limosna, a cumplir alguna promesa, o simplemente a asistir a la misa de San José.
A Pedro y María lo que más les impresionaba era comprobar como muchos de ellos venían descalzos y al llegar a la Calleja se ponían de rodillas y subían así hasta la misma Iglesia. ¡¡Increíble!!

A eso de las diez Pedrito y su hemana regresaron a su casa para "vestirse de gala" como hacían cada año en esta fecha.

A las once toda la familia se marchó a misa. Cuando llegaron  la Iglesia ya estaba casi llena. Se colocaron de pie al lado del púlpito en uno de los pocos huecos que quedaban.
Al terminar el tercer repiqueteo de las campanas comenzó la misa. En esta ocasión era concelebrada por tres sacerdotes.

A Pedro la ceremonia le pareció eterna pero al fin terminó  y, después de algunos empujones, cuatro personas cogieron a San José y comenzó la procesión. Un enorme río de gente desembocó en la calle Corredera y lentamente acompañó al Santo hasta la puerta de Eugenio Calderón donde dieron la vuelta e iniciaron el regreso a la Iglesia.

Pedro y sus amigos se quedaron en la puerta de la Hermandad porque sabían que las tiendas se abrían
nada mas pasar la procesión y querían vivir in situ esos emocionantes momentos. Poco a poco, como si pasaran revista, fueron inspeccionando las tiendas para comprobar si estaban todas o había alguna nueva. 
Entre la casa de Carnera y la del Chiquitín estaba "el señor de negro" que colocaba una paloma detrás de una madera asomando la cabeza a la que había que disparar con flechas de escopeta de plomos. Si acertabas te llevabas la paloma.

Era increíble la habilidad que tenía este hombre. De vez en cuando hacía una demostración de lo fácil que era darle. Se ponía de
espaldas a la paloma con la escopetilla al revés mirando a tráves de un trozo de espejo y disparaba. Siempre acertaba a la primera.

También era clásico de aquellos años las fotos que hacía Pascual en la puerta del Chiquitín. Tenía distintos decorados que colgaba de la pared. Cada uno elegía el que más le gustaba y se fotografiaba delante de él. También tenía la típica vespa, el caballo grande y el pequeño. 

Seguía la tienda del turrón de los hermanos Conde de Castuera, un tenderete que ponía la Loreta, la tienda de tiro de Fernando y cuatro o cinco tiendas de juguetes que llagaban casi hasta la puerta de Antoliano. 

Delante de la casa de Galito colocaba Narciso su artilugio. Consistía en un péndulo de unos cincuenta centímetros de largo con
el que había que derribar un pequeño cono de madera situado en su trayectoria.

Al lado estaba "La Ruleta"  un círculo hecho con puntas clavadas a unos dos centímetros unas de las otras. Al final del brazo giratorio había un trozo de naipe que era el que se paraba entre dos puntas cuando el impulso se acababa. Los premios consistían en  un caramelo, un cigarro, algún que otro puro, bolas de confite, un
globo, paloduz, barra de regaliz, etc. Había cuatro premios mayores: cuatro billetes de una peseta que no tocaban nunca porque las cuatro puntas donde estaban colocados estaban clavadas unos milímetros más alejadas del centro y el naipe,como no rozaba en ellas, nunca se paraba allí.donde era muy difícil ganar ya que las puntas de los premios estaban más retrasadas que las otras y al no haber roce no se paraba casi nunca. Pedrito y sus amigos lo sabían y no jugaban, pero, siempre había alguien que picaba. 

En la Plaza estaban las barcas de Narciso que eran el delirio de la muchachada. Era increible la velocidad que cogían. No daban la vuelta porque la madera donde estaban colgadas lo impedían.Una  vez pasada la procesión Pedro y sus amigos esperaron con impaciencia a que Fernando subiera los toldos de su tienda de tiro. 

Nada más hacerlo cogieron las escopetillas de plomo y empezaron a derribar las bolas con bastante puntería.

Tres plomos una peseta y cada bola abatida suponía un caramelo o un cigarro si el tirador era adulto. 

El tiro a las bolas era el más sencillo. Por orden de dificultad seguía romper una cinta de papel de dos o tres centímetros de ancha. Había que dispararle varias veces hasta conseguir dividirla en dos mitades. El premio era una pequeña muñeca, un peluche, un monedero o cualquier cosita que le parecía adecuada a Fernando.

También había la rotura de palillos con cigarros o llaveros de premio.
Los mayores hacían apuestas (normalmente pagar una ronda de vino o pagar los balines) disparándole a unos alfileres. Lo más difícil era darle a un plomo de  escopeta colocado encima de una bola sin tocar ésta.

Pedro y sus amigos no pararon en todo el día de recorrer las tiendas en un y en otro sentido aunque lo normal era verlos en las barcas o en la tienda de Fernando.

Ya por la noche la Casilda y su marido lo encontraron cuando iban al baile y le invitaron en la tienda del turrón de los hermanos Conde. Pedro se cogió un cortadillo y un trozo de calabazate.Los cortadillos eran unos ricos dulces típicos en las fiestas de San José ya para otras fechas no se fabricaban. ¡¡Qué ricos estaban!!


María tenía dos años más que su hermano Pedro y, como era natural, se divertía en las fiestas de forma totalmente distinta. Al terminar la procesión se reunió con sus amigas Rosa y Carlota para visitar las tiendas. Las tres iban guapísimas con sus impecables trajes estrenados esos días. 

Lo primero que hicieron fue comprarse cada una su pelota con goma elástica.

Después jugaron un par de veces en la ruleta pero no tuvieron suerte. Un par de chicos de Castuera las invitaron a turrón pero ellas no aceptaron. Una vez que volaron los moscones decidieron ir al baile de Molinilla. 

Las chicas no pagaban así que subieron las empinadas gradas para llegar a la segunda planta. El salón estaba abarrotado. En los laterales había una hilera de sillas en las que estaban sentadas algunas madres para vigilar que el baile con sus hijas fuese "decoroso". En la pared  que daba a la calle tres puertas dejaban el paso a un balcón corrido que siempre estaba ocupado por personas en animada conversación. 


En un altillo a la izquierda de la barra estaba la orquesta que, este año, era de Siruela y la formaban  tres músicos que tocaban acordeón, clarinete y saxo a los que acompañaba el paisano Julián con la batería. 

María y sus amigas bailaron varias piezas y cuando se cansaron decidieron salir a dar una vuelta por las tiendas y comerse unos cortadillos. 
Una vez que repusieron fuerzas subieron la empinada cuesta de la taberna de Elías y entraron en el baile que había en el casino de la Churrera. También estaba lleno de parejas que en ese momento bailaban el pasodoble España cañí. Se sumaron a la fiesta ya que a todas ellas les encantaba el baile. Allí pasaron el resto de la tarde hasta que, ya cansadas, dieron una vuelta por las tiendas, compraron chucherías a la Loreta, unos helados a la Gobierna y se marcharon para sus casas.

La Casilda estaba terminando de preparar la cena. Esa noche era especial: Había matado un gallo del corral y lo había cocinado al ajillo  acompañado de patatas fritas.
-Pedrito ve a buscar a tu padre y le dices que la cena está en la mesa- ordenó Casilda.

El chaval salió disparado a cumplir la orden porque sabía que tenía la oportunidad de hacer una parada en la tienda de tiro y luego buscar a su padre que estaría seguro en el casino de la Micaela.
Después de disparar unos plomos entró en el casino cuya barra estaba totalmente abarrotada de benquerencianos tomando sus rondas de vino blanco siempre acompañadas de unos buenos
aperivos preparados por la Micaela. Juan, que estaba sirviendo detrás de la barra, miró al chaval y le

preguntó:-¿Buscas a tu padre?. Está dentro, en la otra sala. 

Pedro salió por la puerta lateral que daba al pasillo de la casa y se dirigió al lugar indicado. Allí se encontraba Pedro Luis y diez o doce parroquianos que celebraban a su manera las fiestas de San José. La Micaela les había preparado un par de liebres y ellos estaban dando buena cuenta de ellas regadas con abundante vino de la tierra.

-Buenas noches-saludó Pedro. Todos  contestaron y le invitaron a que probara las liebres. 
-Padre que dice madre que si se puede usted venir para casa porque es muy tarde y la cena ya está preparada en la mesa-
-Dile a tu madre que voy en cuanto terminemos las liebres-
Pedro salió para su casa y le comunicó la respuesta a su madre.

La Casilda, que ya conocía a su marido en estas situaciones, le indicó  a sus hijos que se sentaran en la mesa para comenzar a cenar. 
-Le dejaremos a vuestro padre apartado su plato de pollo porque seguro que vendrá a las tantas y si no me equivoco llegará ya bien "cenado y bebido".
La buena mujer llevaba toda la razón ya que hasta bien pasadas las doce de la noche no regresó su marido eufórico y contento con unos cuantos premios de la caseta de Fernando.
Los tres jornadas festivas pasaron en un abrir y cerrar de ojos. 
Llegó el día 22 y Pedro, como casi todos los niños del pueblo, madrugaron para ayudar y despedirse de los feriantes.
Yo me quedaba remonoleando alrededor de la caseta de tiro. Cuando Fernando levantaba la tienda quedaban en el suelo cientos y cientos de balines, la mayoría deformados por el impacto en las chapas, pero otros muchos estaban en perfecto estado para volver a ser disparados. 
Me tiraba un par de horas agachado pero cada año recogía una buena cantidad de ellos que me servían para mi vieja escopeta Cometa.
Con la partida del último carro el pueblo se quedaba como triste. Desde ese mismo día comenzábamos a contar el tiempo que faltaba para el San José del año siguiente.
FOTOS
Agustina, María y Justo Romero de Tarran, la niña es Basi. Fiestas de San José.

José Nogales(Joselín), Manolo Sánchez(del Cartero) y Manolo(el Gordo de Belmonte) tres buenos mozos en las fiestas de San José
Sabina Ramiro, Isabel de Gironza, Felícitas, Sole y otras/otro en el balcón de Molinilla en un baile de San José
Manolo(yo), Joselín, Jesús de Molinilla, ¿ ? y El Gordo de Belmonte en un descanso del baile de San José.
"El Nene" y Eustaquio en las fiestas de San José
Sabina Calderón, Basi, Engracia Martín y Brígida en las fiestas de San José.
Grupo de benquerencianos celebrando San José

Mi tía Victoria, la abuela Felisa, Otilia, mi tía Antonia y Luisa, mi madre, sentada con mis primos Juan y Leli en las fiestas de San José.