martes, 11 de agosto de 2015

CAPÍTULO 18- En el Batallón Disciplinario de Trabajadores nº 34 de Garrapinillos (Zaragoza).


Acabada la guerra Franco movilizó las quintas del 36 al 41 y, por si no habían tenido poco con tres años de sangre y penurias,  numerosos  mozos tuvieron que incorporarse al servicio militar durante otros tres años más. Antes de su partida se tenía  que aplicar el Artículo 7 que decía:

Art. 7: Para la clasificación provisional en los Ayuntamientos, por lo que se refiere a la conducta de los mozos compr
endidos en los alistamientos del 36 al 41, se formará una comisión presidida por el Alcalde o concejal en quien este delegue, un representante de F. E. T. y de las J. O. N. S. solicitado por el Alcalde, y un tercer representante, perteneciente a la Guardia Civil, o un ex cautivo, o un ex combatiente, nombrados estos últimos también por el Alcalde.


“7ª: Prescindiendo de las diversas nomenclaturas establecidas sucesivamente, hasta la fecha, la clasificación se efectuará en lo sucesivo incluyendo a los individuos en uno de los siguientes tres apartados: AFECTOS, INDIFERENTES y DESAFECTOS. Esta última se expresará públicamente, y en las tarjetas de depuración, con una D. 


“AFECTOS": Se clasifican así a los que cuenten con algún antecedente favorable y ninguno desfavorable, considerando como favorables el haber pertenecido a organizaciones simpatizantes con el Glorioso Movimiento Nacional, o no haber pertenecido a ninguna, con buena conducta pública"


"INDIFERENTES": Se clasificarán así los que no cuenten con ningún antecedente favorable ni desfavorable, aún cuando hayan servido en las filas rojas con carácter forzoso, o que contando con antecedentes desfavorables, los favorables posteriores se consideren prueba suficiente de saneamiento en su anterior ideología.



"DESAFECTOS": (Que en su documentación figurarán con una D) Los que se encuentran afectados por antecedentes desfavorables sin llegar a ser motivadores de su clasificación como ENCARTADOS,

En  Benquerencia numerosos mozos tuvieron que salir de sus casas para cumplir con los "deberes de la La Patria". Seis de ellos considerados "Desafectos" pasaron a formar parte de dichos batallones:  Pedro Acedo Gómez,  Boliche(familia del Ratón), Natalio(hermano de la mujer de Alfonso el Bala), Ubaldo, Juan Aº Merino(Ñoño) y Ángel Martín Benítez.

A Pedro la noticia de su incorporación a filas no le hizo ninguna gracia ya que estaba seguro de que lo destinarían a algún Batallón de Trabajadores.

 La noche antes de partir Pedro se adecentó   adecuadamente y se marchó a buscar a Rosa, su novia, que vivía en la Roda. 

Juntos estuvieron paseando durante un buen rato acompañados de otras parejas conocidas. Después acompañó a su novia hasta la puerta de su casa y allí, entre arrumacos y caricias, se les pasó otra horita casi sin darse cuenta.

Pedro pasó al interior de la casa y se depidió de sus futuros suegros. Luego  entró en el casino de Lorenzo a tomarse unos vinos con sus amigos y antes de marchar le fue dando un abrazo a cada uno  de ellos como despedida. A continuación bajó hasta el Casino del Niño  para decirles adiós a otros amigos y conocidos.


A la mañana siguiente se presentó en el cuartel de la Guardia Civil de Castuera donde le indicaron que lo habían destinado al Batallón de Trabajadores de Rancapinillos. Tendría que viajar hasta Zaragoza y ponerse allí a las órdenes de las autoridades competentes. 


Al medio día pasó por la estación de Castuera un tren militar que recogió a nuestro amigo y a otros muchos reclutas que marchaban a diferentes destinos. 


Cuando el tren marchaba a la altura del "Legio" el mozo se puso de pie frente la ventana mirando para la sierra. Unas lágrimas se deslizaron por su cara mientras la silueta del Castillo iba desapareciendo en el horizonte. Sentía rabia y dolor de tener que abandonar  su pueblo, su novia, su familia y sus amigos. No lo comprendía.


En la estación de Zaragoza les estaban esperando varios oficiales del Ejército Nacional. Los metieron en unas destartaladas camionetas y los condujeron al Batallón Disciplinario de Trabajadores de Garrapinillos situado a pocos kilómetros de la capital maña.

Las condiciones en las que se vivía en estos batallones eran infrahumanas en todos los aspectos. Frío, hambre, sed, violencia, agotamiento, trabajo, desprecio serían las palabras empleadas para definir las situaciones que tendrían que afrontar. 

Los trabajadores eran destinados a la construcción de carreteras, explotación de minas, repoblación forestal y a otras obras de carácter civil.


Eso sí, se les había puesto un sueldo de 2 pesetas diarias en concepto de jornal, una y media se las quedaba el Estado, y la media restante le debía servir a los mozos para comprarse botas, calcetines y gorras usadas que no estuvieran rotas, sustituir los viejos uniformes por ropa de trabajo menos gastada, comprar si pudiera un nuevo petate sin piojos y alguna raída manta y enviar lo que sobrara (¡¿.....?!) para la familia


A Pedro la vida en el batallón se le hacía insoportable. Era un chico alegre y dicharachero pero rápidamente su carácter se fue agriando. Iba siempre cabizbajo y raramente se le podía ver conversando con sus compañeros.


Del hambre que pasaban los componentes del batallón, baste decir que aquel que no recibía paquetes de comida de su familia o dinero, lo más probable era que se terminase muriendo. 

Muchos batallones se hicieron famosos por sus “comunas”. En ellas lo que cada uno recibía de la familia era repartido entre todos los demás compañeros.

El hacinamiento era extremo. La falta de higiene  total: solamente unos retretes precarios o simples baldes que se retiraban una vez al día. Plagas de chinches y piojos. El agua escaseaba o llegaba a faltar totalmente.
 Seguro que no quedaron lagartos, ni hierbas, ni raíces en toda la zona de alrededor del batallón.

En una de sus muchas noches de insomio una idea comenzó a tejerse en la cabeza cabeza de Pedro. Aunque era muy peligrosa y con un mínimo porcentaje de que le saliese bien en su cara se dibujó una delatadora sonrisa.


A la mañana siguiente parecía otra persona. Trabajó con unas ganas desconocidas e incluso, a la hora del rancho, compartió algunas pequeñas bromas con sus compañeros de fatigas.


Durante toda la semana estuvo preparando concienzudamente su plan: DESERTAR y tratar de llegar vivo a Benquerencia.


Esperó al fin de semana para que le pagaran y el sábado de madrugada sigilosamente se escapó del batallón por un agujero que previamente había hecho en la alambrada. Tenía siete horas por delante hasta que descubrieran su fuga cuando hicieran la formación después del toque de diana.


A toda prisa cogió un camino sin saber a donde se dirigía. A pesar que era una noche de luna llena dio un par de veces con su cuerpo en el suelo al tropezar con alguna piedra o trabarse con las zarzas

que abundaban en el camino.

Su único equipaje era un pequeño hatillo confeccionado con una camisa vieja en el que llevaba unos mendrugos de pan, un par de cajas de cerillas, una lata vacia y las escasas 4 o 5 pesetillas que con mucho esfuerzo había podido juntar.


Cuando empezó a clarear prudentemente se apartó del camino y continuó caminando paralelamente a él para no ser visto por nadie. Al poco rato se dio cuenta que era muy trabajoso andar campo a través así que tomó la decisión de caminar de noche y descansar por el día. Encontró un viejo caserón medio destruido y allí permaneció hasta que la oscuridad permitió que reanudara la marcha.


Una de las cosas prioritarias que debía hacer era cambiarse de ropa ya que llevaba puesta la del uniforme oficial de los batallones(camisa blanca, pantalón caqui y alpargatas). Cualquiera que lo viese vestido así se daría cuenta de que era un desertor y podría avisar a las autoridades.



Durante varios días siguió caminando por las noches y durmiendo de día. Se alimentaba con la fruta que iba encontrando por los alrededores de donde se quedaba, con los huevos de los nidos de gorriones y otros pájaros que abundaban en los caserones abandonados que le servían de cobijo, con algún otro pichón que cocinaba en su lata y cualquier cosa comestible que se pudiese llevar a la boca.  


Una mañana, cuando terminaba su recorrido, encontró una especie de chozo medio abandonado que le pareció el sitio ideal para pasar el día. Se instaló en él y al momento se quedó dormido como un tronco.


Aunque dormido su subconsciente estaba vigilante así que le pareció oír un ruido en las proximidades del chozo. No hizo caso hasta volvió a escuchar algo esta vez cerca de sus pies. Lentamente abrió los ojos y comenzó a girarse esperando encontrarse con un par de guardia civiles apuntándole con sus armas. 


Estuvo a punto de gritar de alegría al ver en la misma puerta del

chozo a una pequeña cabra que lo estaba mirando con curiosidad. Se incorporó y acarició la cabeza del animalito que dio la vuelta y se marchó con toda tranquilidad.

Pedro la siguió con la mirada y observó que el animal se dirigía a una pequeña casa que había a unos cincuenta metros de su escondite  que le había pasado desapercibida cuando llegó por la mañana. Al lado de la casa había un hombre quitando las hierbas de lo que debía ser un pequeño huerto familiar. 


Durante el resto de la mañana tuvo controlado al presunto hortelano observándolo a través de una de las numerosas troneras que tenía el chozo.

Serían las cinco o seis de la tarde cuando el buen hombre cerró la puerta de la casa y se marchó camino abajo con un par de cubos en las manos.

Dejó pasar un tiempo prudencial y se acercó a inspeccionar la casa. Le fue fácil entrar ya que la puerta solamente estaba cerrada con un alambre. La primera alegría que se llevó fue encontrarse con una sartén al lado del fuego en la que había casi medio conejo preparado al ajillo. Pedro lo calentó y se dio un festín que después recordaría durante mucho tiempo.

Cual no sería su sorpresa cuando al mirar para uno de los rincones encontró encima de una banqueta de madera unos pantalones de pana y una camisa de cuadros. Estaban bastante usados porque era la ropa de trabajo del hortelano pero a él le parecieron una maravilla. En una ventana de la casa vio un par botas muy viejas. Se las probó y aunque le iban un pelín grandes se las quedó puestas. Ya encontraría algunos calcetines. 


Cogió unos cuantos tomates y antes de marchar dejó seis reales en el lugar donde estaba la ropa. Luego escondió entre unos matorrales las prendas de su uniforme e inició su camino como si se tratase de un hombre nuevo.


Su idea era llegar a  alguna localidad que tuviese estación para tratar de coger algún tren que le alejase de Zaragoza. Posteriormente trataría de dirigirse a Madrid por los medios  que le fuese posible. Y desde Madrid a Benquerencia.


Pasó por numerosos pueblos y pequeñas aldeas donde se ofrecía para hacer cualquier clase de trabajo a cambio, muchas veces, de un plato de comida o de cuatro perras que con ilusión iba guardando porque sabía que en un futuro cercano le serían necesarias.


Cuando había suerte encontraba algún carro o camioneta que le acercaba al pueblo siguiente siempre en dirección a la capital de España. Tenía que andar con muchas precauciones porque iba indocumentado y como la Guardia Civil le pidiese "los papeles" estaba perdido.


Después de muchas penurias pudo ver a lo lejos las casas de una población que resultó ser Calatayud. Fue una gran alegría porque aquí acabaría la primera de las tres etapas en las que había dividido su viaje de retorno a al pueblo.

Pedro pasó unos días en la localidad aragonesa hasta reponerse de las fatigas que había pasado. Los maños se portaron muy bien con él ya que cuando se les ofrecía para cualquier pequeño trabajo le recompensaban sin tacañería. 

Se hubiera quedado allí una temporada pero la llamada del pueblo era muy fuerte. Así que una mañana se encaminó a la estación y sacó un billete para Medinaceli ya que el dinerillo que llevaba era escaso y prefería condurarlo  pues no sabía lo que le depararía el día siguiente.


Se subió al tren con mucho sigilo y ocupó su asiento al lado de otros pasajeros. El tren emprendió su marcha. Ya estaban cerca de Medinaceli cuando apareció una pareja de la Guardia Civil pidiendo la documentación. A Pedro le entraron temblores de muerte. "Hasta aquí he llegado"- Pensó. Fueron unos minutos terribles. 


Le tocó el turno de presentar la documentación al mozo que estaba sentado justo a su lado. Al verla los dos guardia susurraron entre ellos. Sospechaban de la falsedad del documento. Después de un

par de preguntas se lo llevaron para interrogarlo.

En cuanto le dieron la espalda Pedro se levantó dispuesto a tirarse del tren antes que volvieran los civiles y lo detuvieran. Salió al pasillo y bajó la ventana mirando de reojo para el lugar que se habían ido "sus amigos". 


Como parecía que la cosa estaba tranquila fue disimulando hasta llegar al final del vagón. Haciendo malabares y con un enorme riesgo consiguió pasar al vagón contiguo. Tuvo que abrir la puerta, engancharse prácticamente en el vacio, cerrarla y abrir la del siguiente coche. Por suerte todo le salió bien y además sin ser visto por nadie. Recorrió todo el pasillo y se encerró en el WC.


Llevaba allí un buen rato cuando notó que el tren aminoraba su velocidad y terminó por detenerse. Se asomó por la ventana.

Habían llegado a Medinaceli. Esperó a que se bajaran los pasajeros y por último lo hizo él. A lo lejos vio como la pareja de la Guardia Civil llevaba esposado a su compañero de asiento. 

Salió de la estación pensando en el peligro que suponía para él viajar en tren y decidió seguir su camino con otros medios de locomoción que resultasen más seguros.

Se fue caminando a la carretera general esperando encontrar algún vehículo que lo quisiera llevar. No tuvo suerte porque los conductores en aquella época no se fiaban de nadie y menos de él con la pinta que llevaba.


Vio una vieja camioneta cargada de cajas de cartón vacías y sin pensárselo dos veces dio un salto y se escondió entre ellas. Ahora sólo faltaba que partiera en la dirección correcta. Al poco rato el vehículo se puso en movimiento en el sentido que deseaba nuestro amigo.


Llevarían unas cuatro horas de viaje cuando la furgoneta salió de la carretera general y se dirigió a un cercano pueblo. Cuando empezó a aminorar la velocidad para parar Pedro saltó limpiamente desde ella y empezó a caminar con toda naturalidad. A la derecha  había un indicador que decía: Alcolea del Pinar. Había recorrido más de ciento setenta kilómetros.


Continuó su viaje sin más sobresaltos dignos de mención y consiguió llegar a Sigüenza y posteriormente a Guadalajara donde

permaneció varios días.

Pedro tenía la costumbre de entablar conversación con los conductores de cualquier vehículo para sonsacarles la dirección de su viaje. Encontró a uno que llevaba una carga de madera para Talavera de la Reina y trató de convencerle para que le dejara hacer el trayecto con él. A cambio le ayudaría a descargar las maderas. Aunque le costó un poco el camionero al fin dio su consentimiento para alegría del benquerenciano al que no le gustaba nada la idea de tener que pasar por Madrid  por los numerosos controles que habría en la capital de España.


Nada más despuntar el día iniciaron la marcha. Pedro le dijo al camionero que prefería viajar entre las cajas porque allí pasaría más desapercibido que si lo hacía en la cabina de la camioneta.  El camionero le contestó que hiciera lo que quisiera.


Al poco de entrar en la carretera de Extremadura la camioneta empezó a dar frenazos y se detuvo seco. Pedro, asustado porque se temía lo peor, asomó la cabeza desde detrás de las cajas y

 comprobó que se corroboraban sus pensamientos: Era un control de la Guardia Civil.


Había tres. Uno se dirigió a la cabina del conductor y le pidió la documentación. Otro  se fue directamente a parte trasera de la camioneta para inspeccionar la carga. Pedro contuvo la respiración. Le temblaban las piernas. El guardia subió y miró detenidamente el cargamento. Por suerte para nuestro amigo no se dió cuenta de un pequeño hueco que había quedado  detrás de las cajas que era donde iba nuestro paisano tumbado en el suelo.

Cuando oyó decir al guardia "todo correcto" Pedro respiró aliviado. ¡¡Qué mal rato había pasado!!


La camioneta reanudó su marcha y a media mañana entraba en Talavera. Pedro , como había prometido, ayudó al camionero a descargar las cajas y cuando acabaron se tomaron unos vinos en una taberna que había al lado de la fábrica donde habían dejado la carga. 


Al bueno de Pedro le vinieron a la mente un montón de recuerdos tanto del casino de Lorenzo como de el del Niño. Era el primer

vino que probaba desde su salida de Benquerencia y la verdad es que le supo a gloria.

En Talavera estuvo  diez o doce días porque encontró a un veterano alfarero que necisitaba un ayudante ya que a uno de sus hijos "se lo había llevado la guerra " y el otro estaba preso en Toledo. 


No tenía ni idea de alfarería pero ayudaba al viejo preparando la arcilla y metiendo y sacando las piezas del horno.


Una mañana estaba Pedro preparando un barreño de arcilla cuando al levantar la cabeza se quedó petrificado. 


En la puerta del taller estaba el alfarero con una pareja de la  Guardia Civil . Lentamente se fueron acercando y entonces  uno de los guardias dijo- 


-¡Vaya tienes ayudante nuevo!-

 -.Si, es Antonio, un familiar mío de Calzada de Oropesa-. 

-Le estoy enseñando el oficio- le contestó Leandro(así se llamaba el alfarero). 

Los tres continuaron unos minutos más en el taller hasta que se marcharon a la sala donde se exponían las piezas de cerámica.

Cuando regreso el alfarero le comentó que los dos civiles eran viejos conocidos que habían venido a comprar unas jarras para su cuartel y quisieron dar una vuelta para ver el taller. 


Pedro le dio las gracias y le comunicó que al día siguiente continuaría su camino hacia Extremadura.


Cuando se levantó por la mañana ya le estaba esperando Leandro con una caja en la que había puesto dos platos de cerámica bellamente decorados, medio queso y un pan.


-Toma ésto para el camino-. 


-Te deseo mucha suerte para que llegues a tu pueblo sin novedad y puedas abrazar a tu familia-. 


Al mismo tiempo le metía un billete de cinco pesetas en la faldriquera del pantalón. Se dieron un abrazo y Pedro inició la

marcha hacia un destino que aún le parecía muy peligroso y lejano.

Salió a la carretera general y comenzó a caminar con la esperanza de encontrar algún vehículo que fuera en dirección a Ciudad Real.


 Después de varias horas de caminata se encontró con un grupo de quince o veinte personas que estaban almorzando a la sombra de unos árboles al lado de la carretera. Los saludó amablemente y se sentó con ellos. Sacó su medio queso y comenzó a comer ya que la caminata le había abierto el apetito. 


El grupo era una compañía de teatro que se dirigía a Almagro para hacer unas representaciones.Viajaban en una vieja y destartalada furgoneta que parecía imposible que pudiese circular. Le preguntaron que hacia donde iba él. Les contestó que a Ciudad Real.



Cuando se pusieron en marcha el jefe del prupo se acercó a Pedro y le dijo que lo podían llevar hasta Almagro. El mozo le dio las gracias y se unió al grupo que,  apretujados como sardinas, se colocaron en la furgoneta para iniciar el viaje. 

El chófer puso la manivela y le dio un par de vueltas: rummmm,rummmm, rummmmm, pero la vieja cafetera no arrancaba ni a tiros. 


La cosa pintaba mal y el personal comenzaba a ponerse nervioso porque si la salida se demoraba mucho no llegarían al Corral de Comedias con hora de representar la obra que con tanto empeño habían ensayado. El conductor gritó: ¡¡Todos abajo y  a empujar!!


Como si fuera la orden de un capitán obedecieron y empujaron el armatoste hasta que consiguió una buena velocidad. Entonces  el chófer puso la segunda, soltó el embrague y  la vieja cafetera comenzó a ronronear hasta que en uno de sus últimos halientos arrancó  con los cosiguientes aplausos de los voluntariosos pasajeros. 


El viaje hasta Almagro resulto muy entrenido ya que los comediantes eran personas muy abiertas y simpáticas. Se reían de todo y de todos. Fueron unas horas en las que Pedro se olvidó por completo de las penurias que estaba pasando. 


Cuando llegaron se despidió cortesmente de todo el grupo y empezó  a deambular por las calles de Almagro para situarse un poco y determinar cuales serían los siguientes pasos para seguir su camino hacia el pueblo. 


Al atardecer se dirigió a la carretera de Ciudad Real y en sus aledaños descubrió una casita pequeña, de esas que utilizaban los labradores para protegerse de las inclemencias del tiempo y  guardar sus aperos. No tenía puerta pero era bastante acogedora. Allí pasó confortablemente la noche gracias a un jergón de paja que encontró en uno de los rincones.


Al día siguiente emprendió el viaje por un camino que iba paralelo a la carretera dispuesto a recorrer a pie los casi treinta kilómetros que le separaban de Ciudad Real.



A media mañana vio a lo lejos las casas de una población. Pedro se animó y sus pasos se aceleraron aunque, la verdad era que iba ya muy cansado. A la entrada del pueblo encontró un abrevadero de animales y casi se lanzó de cabeza a él para refrescarse en su agua y saciar la sed que llevaba. 


Después de darse un buen lavado sacó el poco queso que le quedaba y dió buena cuenta de él en un abrir y cerrar de ojos. 


Estaba en Pozuelo de Calatrava.


Comido y aseado se dirigió al interior de la población ya que pensaba sacar unas pesetillas vendiendo los dos platos que le había regalado el alfarero de Talavera.


Al llegar a la plaza principal vio un zapatero que estaba cosiendo unas albarcas sentado en un banco en la puerta de su tienda. Después de saludarlo le enseñó una de sus botas que se le había descosido y a cada paso que daba se le salía el pie por la parte

delantera.


-¿Puede usted darle unas puntadas!-le dijo.

-Claro que sí hombre, para eso estoy- le contestó el zapatero.


-Es que hay un pequeño problema: No tengo dinero para pagarle aunque si le puedo dar a cambio uno de estos platos de cerámica talaverana-.


El zapatero lo miró fijamente a los ojos, alargó la mano, cogió la bota y en cinco minutos estaba perfectamente reparada. Se la devolvió al muchacho.


Pedro le ofreció el plato pero el zapatero no consintió cogerlo. Se puso de pie y dándole una palmada en la espalda le dijo: 


-Venga chico sigue tu camino y que tengas mucha suerte-.


A Pedro le pareció ver los ojos del zapatero un poco vidriosos y que al darse la vuelta unas pequeñas lágrimas resbalaron por su sien.

No cabía duda que Pedro le había recordado a algún hijo que había pasado por situaciones parecidas a las suyas o que la guerra le habría quitado.

En el centro de la plaza había había una fuente a la que se acercó  para beber. Después se sentó en un banco que había al lado y puso los platos a la vista. Varias mujeres se interesaron por ellos pero por lo que se veía el dinerillo escaseaba también en Pozuelo.


Cuando ya se iba a marchar atravesó la plaza una señora muy acicalada y de gran porte que al ver los platos en el banco se detuvo preguntando si eran auténticos de la cerámica talaverana. Pedro le dio el nombre del alfarero que los había hecho y le dijo que se los vendía por dos pesetas. 


La señora abrió el bolso y le ofreció seis reales diciéndole que por dos pesetas eran demasiado caros. Pedro no se lo pensó dos veces y cogió el dinero. Estaba oscureciendo y aún tenía que buscar cobijo para pasar la noche.


Se acercó a la estación porque en las vías muertas casi siempre había algún vagón suelto que era un buen lugar donde soñar con Morfeo sin peligro de que se presentara en cualquier momento alguna pareja de la Benemérita y diera con sus huesos en la cárcel.



Acertó de pleno porque en una de la vías alejadas de la estación estaban estacionados dos vagones de mercancías. Se acercó con prudencia y cuando comprobó que la cosa estaba tranquila se metió en uno de ellos.

Con el cansancio que llevaba encima se quedó dormido como un tronco. Se despertó bien entrado el día y justo al ponerse de pie un seco traqueteo del vagón estuvo a punto de lanzarlo contra el suelo. Al cabo de uno segundos  el vagón se puso en movimiento ante el estupor de Pedro que no había contado con esta posibilidad. Habían enganchado una máquina y se dirigían a Dios sabe donde. 


Habría pasado una media hora cuando 
Pedro, impaciente, entreabrió un poquito la puerta del vagón al notar que el convoy había disminuído su marcha. No se pararon pero pudo leer el nombre de una estación: Miguelturra. No sabía mucho de Geografía  pero en Pozuelo creyó haber oído el nombre de ese pueblo como cercano a Ciudad Real. 

El pequeño tren siguió caminando durante otra media hora  hasta que aminoró la velocidad y estuvo un buen rato haciendo maniobras. Se detuvo después de un pequeño chasquido. 


Nuestro protagonista lo tenía bien claro: allí dendro no lo cogerían.

Entreabrió la puerta y vio en la parte delantera del pequeño tren al que debía ser el maquinista  hablando con otras tres personas vestidas de paisano.

Con la agilidad de un gato saltó del vagón y se escondió detrás de

una pila de traviesas que había a unos metros de la vía. Estuvo unos segundos sin moverse y, al comprobar que no pasaba nada, se asomó con mucho cuidado. Allí continuaban las cuatro personas charlando tranquilamente. No le habían visto. Otra vez la suerte se había aliado con él o San José le había protegido.

El problema era salir de la pila de traviesas ya que estaban  al lado de la vía y en sus alrededores sólo había unos árboles  de tronco pequeño que le impedían esconderse. Así que no tuvo otra opción que sentarse en el suelo y esperar.


Al cabo de un rato comenzaron a llegar carros cargados con sacos de trigo que se fueron deteniendo delante de las puertas de los vagones. A lo lejos vio llegar a un grupo de hombres. Cuando ya estaban más cerca nuestro amigo  se llevó otro sobresalto: Al cargo de ellos venía un sargento de la Guardia Civil.


Pedro se tumbó en el suelo y no volvió a asomarse mientras duró la carga de los vagones. Aquí hubo una anécdota curiosa: A uno de los trabajadores(Pedro pensó que eran presos) le entraron ganas de hacer pipí y se dirigió a la parte trasera de la pila de traviesas. Allí se topó con un sorprendido Pedro al que no se le ocurrió otra cosa que llevarse el dedo índice a la boca indicándole silencio. El buen hombre le guiño un ojo, se dio la vuelta y continuó con su faena sin dar el chivatazo. 


La carga del tren, en el que habían enganchado otros tres vagones,  estuvo lista en cuatro o cinco horas y los trabajadores se marcharon con el sargento a la cabeza. Luego llegó un empleado de la Renfe que pegó en cada vagón un papel blanco con el nombre de su estación de destino. Cuando se marchó Pedro se asomó y leyó  el del vagón que tenía más cerca: Almadén de la Plata.


El convoy estaba estacionado en una vía secundaria un poco alejada de la estación. Todo estaba tranquilo y en ese momento no se veía a nadie. Pedro salió de detrás de las traviesas y se dirigió a inspeccionar el vagón ya que sólo pensar que  le pudiera servir de medio de transporte hasta Almadén le paracía estupendo.


Los sacos estaban perfectamente apilados y llegaban casi al techo del vagón. Comprobó que había hueco suficiente para que una persona pudiera ir tumbada allí. Además en la parte trasera también quedaba otro pequeño espacio entre los sacos y la madera de la pared del vehículo. Pedro estaba decidido a jugársela una vez más. 


Trepó por los sacos y se tumbó encima de ellos. El tiempo marcaría su destino.


Al poco rato un empleado de los ferrocarriles pasó inspeccionando

los vagones. Cerró la puerta de cada uno de ellos asegurándolas con un  cerrojo y su correspondiente candado. 

El mercancías se puso en marcha para alegría del benquerenciano que  plácidamente tumbado esperaba que, aunque lentamente, se fueran consumiendo los ciento y pico de kilómetros que le separaban de Almadén.


El dichoso mercancias, además de lento, sólo podía circular a unas horas determinadas para no interrumpir el paso de los trenes de pasajeros que usaban la misma vía. Sin otro contratiempo llegaron a Puertollano. Allí Pedro se dió cuenta de que había cometido un error imperdonable: Se había subido al tren sin agua ni alimentos. 


Hacía ya más de un día que no probaba bocado y su estómago no paraba de recordárselo.


Las horas fueron pasando y  el tren seguía sin moverse. Llegó la noche y todo continuaba igual. El mozo ya no aguantaba la falta de alimento e incluso hubo momentos que sentía mareos y una enorme debilidad en su cuerpo. 

Abrió uno de los sacos y se metió en puñado de trigo en la boca. Poco a poco lo fue masticando y cuando se formó una especie de masa al mezclarse con su saliva la harina y la cáscara del trigo( el salvado, tiene gracia) la engulló con ganas. No es que el sabor fuese agradable pero era lo único que tenía a mano con lo que podía salvar su vida.

Esta operación la fue repitiendo cada vez el hambre se hacía insoportable. Para su desgracia el problema no estaba resuelto. Tampoco disponía de agua y el peligro de deshidratación era inminente. 


Pasaron tres días  más y la situación no había cambiado. El mercancias seguía estacionanado en una vía muerta como si se hubiesen elvidado de él. 


Cuando la situación de Pedro era límite la sabia naturaleza acudió en su ayuda. El cielo empezó a cubrirse de unos amenazadores nubarrones negros y en pocos minutos estaba lloviendo con

bastante intensidad. 

Como la necesidad aguda el ingenio Pedro nada más oír el ruido de

los primeros goterones en el techo del vagón se quitó la camisa y metió un trozo de la manga por unas ranuras de ventilación que había encima de la puerta de entrada del vagón. Hizo un nudo con la parte del interior y lo colocó dendro de la vieja lata que le acompañaba desde el Batallón de Trabajadores. 

Ató el invento a la rejilla con la cuerda de un saco  y esperó con impaciencia. Al caer el agua en  la tela del exterior  resbalaba hacia dentro empapando el nudo  que soltaba el agua dentro de la lata. No esperó mucho tiempo. Cogió el nudo y lo exprimió sobre su boca como si de un limón se tratara. 


Aunque escasa fue la mejor agua que había probado en su vida. Ya más tranquilo volvió a poner la camisa con la lata en la trampilla y esperó con la ilusión de que la lluvia no cesara. Esto ya pintaba mejor.


Estuvo lloviendo casi toda la noche. Por la mañana se oyeron unos chasquidos. Pedro, por precaución, retiró la camisa de la rejilla y guardó como oro en paño su lata casi llena de agua.


Los operarios engancharon dos vagones más llenos de ovejas y, al poco rato, el convoy se puso en marcha.



Cuando llegaron a Almadén el tren fue estacionado en una vía secundaría bastante lejos de la estación. Al cabo de una hora nuestro amigo  oyó a gente hablando cerca del tren. Efectivamente eran dos operarios que iban quitando los candados y abriendo las puertas de los vagones para proceder a su descarga.

Pedro esperó un par de minutos y con mucha cautela salió de su escondite. Se asomó por la puerta y vio que los dos hombres  estaban de espaldas. Sin dudar ni un momento saltó del vagón y se escondió detrás de una pequeña caseta que estaba cercana a la vía. Esperó un rato y comprobó que no le habían visto.


Rodeó la estación e inició andando el camino hacia el pueblo.


 Hacía unos minutos que había llegado el tren de pasajeros de la línea Madrid-Badajoz y había visto una destarlada tartana  que hacía el servicio desde la estación hasta el núcleo urbano pero, aunque le quedaba algo de dinero, no quiso cogerla porque un grupo de cinco o seis falangistas se habían subido a ella entonando sus patrióticas canciones. No era el momento de tentar a la suerte.


Se lo tomó con paciencia y recorrió los once kilómetros que le separaban del pueblo sin otra novedad que esconderse en los aledaños de la carretera cuando veía que alguien sospechoso se le acercaba en uno u otro sentido.


Cuando ya tenía el pueblo a la vista y salía de una cerrada curva un coche le adelantó parándose unos metros más adelante sin darle tiempo a reaccionar y apartarse de la carretera.


No tuvo otro remedio que continuar andando y cuando llegó a la altura del coche saludó a sus ocupantes:


-Buenas tardes señores-dijo.


-Hola amigo. ¡Buen paseo te estás dando!. ¿Por qué no has cogido

el servicio de la estación para ahorrarte la caminata?

-Es que vengo de Manzanares porque mi primo Indalecio me ha avisado de que hay un puesto en la mina y, la verdad, sólo diponía de las pesetas justas para el billete.


-Sube que te llevamos. La mina necesita personas trabajadoras como tú para engrandecer la Patria-.


Pedro se subió al coche y sentó al lado de los dos guardia civiles que con un cura y el conductor completaban el pasaje del vehículo.


¿Qué iría pensando nuestro amigo benquerenciano hasta que el coche lo dejó en la plaza de Almadén al lado de Correos?


Cuando Pedro se bajó del coche pudo respirar tranquilo. Se dirigió a la pensión "La Alegría" que estaba al lado de la plaza y que le había recomendado el cura diciéndole que era muy limpia y, sobre todo, afín al régimen. 


Por supuesto que no pensaba hospedarse en ella porque no quería gastarse las pesetillas que le quedaban pero tenía que hacer el paripé por si alguien le había observado. Entró en la casa y preguntó los precios. Le dijo a la posadera que si le podía preparar un par de huevos fritos con tocino. La respuesta fue afirmativa y en

unos minutos a nuestro amigo casi se le caían dos lagrimones degustando el exquisito plato después del hambre que había pasado anteriormente.


Con el estómago lleno salió de nuevo a la plaza. No estuvo por allí mucho tiempo porque estaba muy concurrida y había muchos falangistas bastante animaditos. Así que dió media vuelta y se marchó en dirección a la carretera de Córdoba.

 Caminó durante un par de horas y llegó a Chillón. No entró en el pueblo porque ya estaba anocheciendo y prefirió pasar la noche en una vieja casa que vio a las afueras.


Con las primeras luces del día comenzó a caminar con mucha ilusión. Había visto un cartel en la carretera que decía: A Zarza Capilla 33 kilómetros. Se sentía ya cerca del pueblo pero tenía que extremar las precauciones porque la Guardia Civil tendría la orden de su busca y captura.


Cada vez que oía a lo lejos el ruido de algún vehículo  se apartaba de la carretera y se escondía. Si no le daba tiempo disimulaba como si estuviera trabajando en la finca o, simplemente, buscando espárragos.


Llevaba un par de horas caminando cuando vio al lado de la carretera un pequeño arroyo con mucho verdor y abundante

sombra. Decidió descansar un poco y refrescarse con su agua ya que el día era bastante caluroso para la época del año en que se estaba. 


 Cuando iba a reemprender su camino vio llegar un extraño carruaje parecido a los de las viejas caravanas del Oeste Americano. En el pestante había un personaje no menos raro vestido totalmente de negro con sombrero de copa. Dejó el carro aparcado en la carretera y bajó al arroyo a beber agua.


-Buenos días amigo, fresquita debe estar el agua- dijo como saludo.

-Pues si que lo está- le respondió Pedro.

Se trataba de una especie de viejo buhonero que iba por los pueblos vendiendo o intercambiando cualquier tipo de cosas. Le dijo al benquerenciano que iba a Cabeza del Buey donde tenía una buena clientela. Antes haría una parada en Zarza Capilla. El hombre hablaba hasta por los codos. Salieron a la carretera y el vendedor  invitó a nuestro amigo a subirse en el carro y continuar el viaje juntos.


Pedro, después de dudarlo, aceptó la propuesta y ocupó un sitio en el pescante. Por lo menos se iba cómodo aunque aguantando le enorme cháchara del compañero de viaje.


A pocos kilómetros de Zarza Capilla les alcanzó la noche. El buhonero aparcó el carro en un ensanche de la carretera. Desenganchó la mula y la soltó para que comiera. Compartió con Pedro pan y un poco de tocino y por último sacó una manta que tendió debajo de carro. Allí pasaron la noche.


Nada más amanecer engancharon la mula al carro y reanudaron la marcha. Entrando en Zarza Capilla  a la salida de un recodo de la carretera se toparon de frente con una pareja de la benemérita. El buhonero detuvo el carro y Pedro se metió para adentro disimulando. Uno de los guardias examinó los papeles del dueño del carruaje que al parecer estaban en regla mientras el otro miraba a una prudencial distancia.


-Ahora que salga el acompañante y nos enseñe su documentación- dijo el guardia. 


Pedro se quedó helado porque pensaba que no le habían visto meterse en el interior del carromato. Y vaya si salió, pero corriendo a toda velocidad desde la parte trasera y en dirección a una arboleda que había a unos sesenta o setenta metros. Otra vez se tuvo que jugar la vida.


-¡¡Alto a la Guardia Civil!!, ¡¡Alto a la Guardia Civil!!-  le gritaron los civiles al mismo tiempo que encaraban sus armas hacia el fugitivo.


Una decena de detonaciones rompieron el silencio de la mañana y más de una bala pasó silbando al lado de Pedro que seguía corriendo en zig zag hacia la arboleda. Seguro que otra vez le protegió San José, el Santo Patrón del pueblo, porque consiguió llegar y meterse entre los árboles sin ser alcanzado por las malintencionadas balas.


Una vez protegido de la vista de los guardias Pedro se tranquilizó porque sabía que los dos solos no se atreverían a meterse en la arboleda para detenerlo. Como mucho pedirían refuerzos al cuartel de Peñalsordo pero para cuando estos llegaran él ya estaría muy lejos. No se entretuvo ni un minuto y comenzó a caminar alejándose de la carretera.


Cuando los árboles se acabaron siguió su camino campo a través con la duda de saber si la dirección que llevaba era la correcta. A lo lejos le pareció oir el traqueteo de la máquina de un tren. Efectivamente estaba a un par de kilómetros  de la vía. Siguiéndola estaba seguro que llegaría a Cabeza del Buey.


Ante la seguridad de que le estarían buscando volvió a la vieja costumbre de caminar de noche y dormir durante el día. Por veredas y caminos fue atravesando fincas y más fincas siguiendo siempre la orientación de la vía del tren. 



Dormía en viejos  caserones o en chozos abandonados que encontraba por el camino y se alimentaba con lo que la madre naturaleza le ofrecía: cocinas, acederas, espárragos, berros, higos, ranas, lagartos y huevos de perdices, gorriones, cugutas y alondras que pasaron a formar parte de su cotidiano menú.

En un par de ocasiones intentó acercarse a alguna majada para aprovisionarse de leche y carne pero los ladridos de los perros que guardaban las ovejas le hicieron desistir de su empeño. Además sabía que los cortijos eran sitios de obligada visita de la Guardia Civil y no era el momento de tentar a la suerte. Así que siguió su camino.


Una tarde al salir de la alcantarilla de una carretera en la que había estado dormitando  le pareció oír a lo lejos el repiqueteo de unas campanas. Inició su recorrido nocturno con la ilusión de saber  a que pueblo se estaba acercando. En poco más de media hora tuvo la

respuesta:

¡¡Cabeza del Buey!!


Estaba loco de contento pero muy cansado. Se metió en una casa abandonada que encontró al lado de la carretera y allí durmió unas cuantas horas. 

Al despertar le parecía mentira lo cerca que estaba de Benquerencia, pero, tenía que extremar las preocupaciones para no ser descubierto ahora que el  viaje estaba llegando a su fin. Rodeó el pueblo por la zona de la estación y continuó caminando al lado de las vías hasta que llegó a Almorchón. Todo parecía tranquilo. Estaba amaneciendo.

Antes de llegar al camino del Santuario de Belén encontró un huerto con una pequeña casita. Cogió un par de tomates. Empujó la puerta  y comprobó que no estaba cerrada con llave. Entró y se tumbó en un camastro que había en el fondo de la casa. 



Se despertó a media mañana y lo primero que hizo fue dar buena cuenta de los tomates. Se dirigió a la puerta con la idea de investigar los alrededores por si encontraba algo que reforzara su obligada dieta culinaria. En ese preciso momento oyó unos golpes al lado de la casa. Pedro se quedó inmóvil. Dos personas estaban hablando a menos de veinte metros de él. 

-La Guardia Civil- pensó.


Se escondió debajo del camastro temiéndose lo peor. La puerta se abrió y dos hombres entraron en la casa. Estuvieron fisgoneando durante un par de minutos y luego se marcharon, no muy lejos, porque los golpes y la conversación siguieron durante, al menos, media hora. Eran dos operarios de Renfe que estuvieron cambiando un traviesa de la vía a bajaron al huerto para coger algún pepino o tomate. 

¡¡El susto había pasado!!

Cuando llegaron las primeras sombras Pedro continuó vía adelante
con la ilusión de que esa noche fuese la última en que tendría que caminar para llegar al final de su accidentado viaje. Llegó a la
estación del Quintillo, la rodeó y siguió su camino. A la altura de Castellán(Puerto Mejoral) le cogió el amanecer. Vio al lado derecho de la vía un nido de ametralladoras y le pareció un sitio ideal para descansar y quitarse de la vista de algún curioso que le pudiese delatar.

Allí permaneció un par de horas. No pudo aguantar más y, a pleno día, siguió vía adelante. Al ver la silueta del Castillo un par de lágrimas resbalaron por su cara. A la altura del "Lejío" abandonó la vía y cogió el camino que le conduciría al pueblo. 


Al llegar a la Fuente tuvo que esconderse en un par de ocasiones para no encontrarse con gentes que con sus cántaros iban a aprovisionarse de agua.


Por fin llegó al Feche, se dirigió a la Roda por detrás de los corrales y entró en casa de su novia Rosa.

En ese momento una de la procesiones de Semana Santa recorría las calles de Benquerencia.

Vaya sorpresa que se llevó el bueno de Miguel, su futuro suegro, cuando lo vió entrar.


 Había decidido esconderse allí aunque comprendía las dificultades que esto conllevaría ya que Benquerencia era un pueblo pequeño en el que todos se conocían y cualquier movimiento que no fuese cotidiano sería inmediatamente descubierto por los parroquianos.

Habló con Miguel, que al principio no veía con buenos ojos que se quedase allí, pero que luego terminó cediendo y acordaron tomar una serie de medidas  que ayudaran a mantenerlo oculto el tiempo que fuese necesario.


Lo primero que tendrían que hacer era cambiar el cerrojo de la puerta de la calle un par de palmos hacia abajo para dificultar su manejo desde el postigo y evitar que alguien entrara en la casa sorpresivamente. Si llegaba alguna visita, al no encontrar a

mano el cerrojo, tendría que llamar para que le abrieran y si Pedro estaba por la parte de abajo de la casa dispondría del tiempo suficiente para desaparecer hacia el corral o el doblado.

La segunda decisión que había que tomar era elegir el lugar de la casa donde tendría que permanecer escondido durante las noches y parte de los días. La casa tenía un pequeño patio con una frondosa parra que, además de dar unas excelentes uvas, evitaba que entrara el sol los calurosos días de verano. A continuación estaba la cuadra dividida en dos partes por un tabique de adobes. En una el futuro suegro de Pedro guardaba la paja y la otra servía de habitáculo para los dos cerdos, la burrita, dos cabras y una decena de gallinas que formaban la granja particular de la familia.

Otra opción que pensaron fue que se escondiera en el "doblao" pero fue rápidamente desechada porque para subir a él había que hacerlo por unas empinadas escaleras que estaban a la vista desde la puerta de la calle y cualquiera que se asomara por el postigo podría verlo.

Así que decidieron que el lugar adecuado sería la cuadra.

Cuando terminó la procesión fueron llegando a la casa de Miguel  los demás miembros de su familia que, por cierto era muy numerosa: La Juana, Isabelita, Eduardo, Mercedes y, por último la Rosa que era la más pequeña de todos los hermanos. 


Todos se quedaban petrificados al encontrarse con Pedro, al que daban por muerto tras su fuga del batallón. El recién llegado les iba abranzando entre sonrisas y lágrimas a medida que entraban en la casa.


Cuanto la familia estuvo completa cerraron el postigo de la puerta y, todos juntos, celebraron su llegada y trazaron los planes para evitar que fuera descubierto. Cambiaron de sitio el cerrojo de la puerta de la calle y prepararon un rincón en el pajar donde el "fugitivo" pudiese estar cómodo. 


Llegó la noche y después de darse un buen atracón de gazpacho el invitado se retiró a su "aposento". Allí pernoctó los tres días siguientes saliendo de vez en cuando a la casa pero procurando que desde la calle no se tuviese nunca una visión directa de él.


La Guardia Civil de Castuera tenía la orden de su busca y captura que le habían enviado desde Zaragoza a los pocos días de su huída.

Cada semana visitaban  las  casas de los padres de Pedro y la de su novia Rosa para preguntar si "había alguna  novedad".

Al cuarto día se tuvieron que cambiar los planes porque una serie de pequeños detalles impedían seguir  con lo acordado. El tamo de la paja se le pegaba a Pedro en su cuerpo y tenía que rascarse constantemente hasta el punto de sangrarle la piel.


Luego estaban las gallinas que, en cuanto Pedro tenía que moverse para hacer sus necesidades, se alborotaban como locas cacareando durante un buen rato.


Otro inconveniente era que el tramo de terreno que había desde la cuadra a la casa estaba a la vista de los corrales vecinos con el peligro que suponía ser visto desde ellos.


Hubo reunón familiar y se acordó cambiar la cuadra por el doblado. 

Por precaución Pedro tenía que dormir encima de unas maderas en las que  ponía cinco o seis sacos vacios para que no estuvieran tan duras. Cada día doblaba los sacos y ponía de pie las maderas .

El doblado tenía una pequeña ventana que daba a la calle. Una mañana Pedro oyó que llamaban a la puerta. Se asomó y allí estaban "sus amigos de Castuera".


Esta vez no se conformaron con pedir novedades. Fueron revisando

las habitaciones de la casa mirando hasta debajo de las camas y en cualquier hueco en que cupiese una persona. Luego revisaron el corral y la cuadra. ¡Qué casualidad las gallinas esta vez no dijeron ni pío!.


Conteniendo la respiración oyó como la pareja subía las escaleras del doblado. Allí permanecieron un par de minutos. Dieron media vuelta y se marcharon. Debajo de una artesa estaba nuestro amigo  medio muerto de miedo. No se movió hasta que sintió como se cerraba el cerrojo de la puerta. 


Todos los que en ese momento estaban en la casa subieron raudos al doblado y se fundieron en un emotivo abrazo con Pedro. Otra vez había conseguido hacerle un quiebro al peligro.


Fueron pasando los meses y Pedro seguía enclaustrado entre las cuatro paredes del doblado del que bajaba en contadas ocasiones.

Por si las penurias eran pocas surgió otro inconveniente: Rosa, su novia, quedó embarazada y en el pueblo comenzaron a correr rumores y más rumores.

La familia de Miguel pensó que había que inventar un novio para su hija y eligieron a Berrito.

Berrito juraba y perjuraba diciendo que él no había hecho nada. Pero como siempre sucede en estos casos la gente comenzaba a creer en las afirmaciones de la familia de la portadora del nuevo ser.


Sin otros acontecimientos a reseñar llégó el invierno y con él la época de la recolección de la aceituna. Toda la familia de Miguel salía cada mañana a coger aceitunas a cambio de un pequeño jornal que vendría de maravilla para cubrir las necesidades de la casa en los meses posteriores. Aquí cometieron el error por el que Pedro, al que ya en el pueblo consideraban muerto, sería descubierto.
La familia al completo salió de buena mañana hacia el olivar. 

La Juana había dejado en la lumbre de la cocina un puchero con los garbanzos para el cocido. Cuando Pedro calculaba que el fuego se estaba extinguiendo bajaba y le añadía unos troncos de leña.

A algún curioso le extrañó que no habiendo nadie en casa a eso de medio día continuara saliendo humo por la chimenea de Miguel. Alguien tendría que estar avivando la lumbre.

La sospecha corrió como la pólvora y Pedro tuvo que salir

precipitadamente para esconderse unos días en la sierra.

Aunque era de noche conocía el terreno perfectamente. Desde el corral se dirigió al de las Delicias. A la altura de las Caderetas se apartó unos metros del camino, se arropó en una vieja manta que llevaba y allí pasó la noche.

Al día siguiente la Guardia Civil de Castuera estuvo registrando las casas de Miguel  y la del padre de Pedro.


Por suerte el pájaro había volado.


Cuando las primeras luces del alba le permitieron caminar se subió a la sierra y decidió "fijar su nueva residencia" al lado de un pequeño nieblo que había cerca de las Calderetas. Camuflado en dicho arbusto podía observar la parte de Benquerencia con las espaldas bien cubiertas ya que en ese punto la sierra era inaccesible por la parte de la Serena.


Allí pasó un par de días pero, el no observar ningún movimiento

extraño y los fríos de la noche, le hicieron tomar la decisión de buscar otro refugio que estuviese más abrigado.

Abandonó las alturas de la sierra y se encaminó hacia el Puerto Ancho. Sabía que antes de llegar a "Rancapinos" había un chozo de piedra que le vendría como anillo al dedo para sus necesidades.  Lo examinó con detenimiento y pudo comprobar que estaba abandonado aunque perfectamente conservado.


Hizo acopio de un buen haz de pasto que extendió en un lateral del chozo y colocó encima la manta. Ese sería su lecho de dormir

durante varios días.

Se alimentaba con los frutos que encontraba por los alrededores, higos, almendras y piñones. 


En la sierra descubrió una pequeña poceta que le abasteció de agua los días que permaneció escondido en el chozo.

Sólo salía de su escondite a la caída  de la tarde o al amanecer por miedo a ser descubierto.


Al cabo de unos días decidió acercarse a su casa. Entró por el corral y fue recibido por su familia con gran alborozo. Le comunicaron que la Guardia Civil registraba la casa con bastante frecuencia y que sería muy peligroso que se quedara allí.


En el corral de la casa había un frondoso moral que era visible desde fuera. Acordaron que colocarían en él una lata enganchada a una caña como señal de peligro. En ese caso tendría que dar media vuelta y volver a su escondite.


Su hermana Isabelita le preparó una talega con un par de morcillas, queso y pan para que  pudiera alimentarse durante unos días. Al llegar la noche Pedro salió por la parte trasera del corral y emprendió el camino hacia el chozo.


Transcurrieron varios días sin ninguna novedad. Pedro se levantaba con las primeras luces del amanecer. Recogía la manta y la talega y las escondía entre unos matorrales que abundaban alrededor del chozo. Luego subía para sierra donde tenía fijado sus puntos de abservación. Cuando empezaba a oscurecer bajaba hacia el chozo donde, "después de preparar la cama", pasaba la noche durmiendo a tirones y pensando en cual sería el desenlace de la peligrosa

aventura que estaba viviendo.

Una mañana mirando desde detrás de un nieblo hacia el camino de las Delicias sus pulsaciones se aceleraron: Caminando lentamente

se acercaba una pareja de civiles.

Cada treinta o cuarenta metros se paraban y observaban con sus prismáticos la sierra y los terrenos colindantes.


Pedro siguió en su observatorio sin mover un sólo músculo de su cuerpo. Vio como al llegar a la altura del chozo se dirigieron a él y estuvieron curioseando durante varios minutos. Luego regresaron al camino y continuaron hacia el Puerto Ancho. ¿Habrían descubierto alguna pista sospechosa?. A Pedro lo que más le preocupaba era que hubieran visto las hierbas y el pasto donde colocaba la manta para dormir.


Durante el resto del día estuvo esperando el regreso de "sus amigos" pero éste no se produjo. Llegó a la conclusión de que en  el Puerto Ancho o antes de llegar a Castellán habrían iniciado el regreso a Benquerencia pero por la parte de la umbría.


De todas maneras para más seguridad aquella noche la pasó en la sierra.



Al amanecer Pedro observó desde la sierra que tanto en la carretera como en el camino de las Delicias todo estaba tranquilo. Bajó al chozo a recoger la talega con los alimentos que le quedaban y sin demora emprendió el camino dirección a Helechal. 

Al llegar a la huerta de Plácido hizo un descansillo para beber agua

y comerse unos cuantos tomates.

A la altura de Castellan subió para la sierra donde encontró una pequeña cueva que sería su domicilio  durante un par de semanas. El sitio era ideal porque desde él se podían ver todos los posibles accesos que sus perseguidores tendrían que utilizar en el caso que hubieran descubierto las pistas del chozo.


Cuando se comió el último trozo de la morcilla que le quedaba decidió hacerse vegetariano por una temporada ya que entre su refugio y Castellán(hoy puerto Mejoral) había numerosas huertas que le ofrecían gratis una lista bastante extensa de sus saludables productos.  Eso si, por precuación cogía un poquito de cada uno de ellos para que sus dueños no se diesen cuenta. Era primordial no

dejar huellas en el suelo. Algunos tramos Pedro los hacía caminando para atrás y borrando con una retama las marcas de su
calzado. 

Allí pasó Pedro catorce o quince días. Sólo salía de su escondite cuando se le tarminaba el agua o los frutos de las huertas.


Cuando le pareció que había pasado el suficiente tiempo y que la Guardia Civil habría aflojado un poco en su afán persecutorio decidió acercarse a su casa. Si había hecho bien los cálculos la Rosa estaría a punto de dar a luz  y sería maravilloso poder estar a su lado aunque sólo fueran unos minutos.


Al atardecer inició el regreso al pueblo. Llegó a su corral y comprobó que la lata no estaba en el moral. Saltó la pared y entró en la casa donde fue recibido con gran alborozo.


¡¡Eres padre de una preciosa niña!!- le gritó nada más verlo su hermana Isabelita.


A Pedro se le saltaron las lágrimas.


En unos cuantos segundos desfilaron por su mente las escenas de los últimos acontecimientos vividos. Todo lo daba bien empleado a cambio de la noticia que acababa de recibir.


Como ya era muy tarde decidieron acostarse. Pedro lo hizo para mayor seguridad en el pajar ya que la Guardia Civil se presentaba a registrar la casa a las horas más intempestivas. 


Todos se acostaron menos su hermano Eduardo que, con disimulo, se acercó a la casa de Miguel para darle la noticia a la Rosa y decirle que Pedro iría a verlos un poco antes de que despuntara el día.


Aún era de noche cuando Pedro ya estaba saltando la pared del corrar de la Rosa. Dio unos golpes en la puerta trasera y en unos segundos estaba abrazando a su novia y a su hija. Después de pasar un rato con toda la familia los tres se subieron al doblado donde

permanecieron todo el día hasta que por la noche Pedro regresó a su casa.


Ya estaba cansado de  pasar días y noches en cuevas, chozos y casas semiabandonadas. Ya estaba cansado de pasar frío y hambre . Ya estaba cansado de dar quiebros y más quiebros a la Guardia
Civil. Así que decidió quedarse durante una temporada en la casa de su familia y que fuera el destino el que marcase los futuros acontecimientos. 

Después de hablarlo con su padre y hermanos "fijó su residencia" en el doblado de la casa. Una pequeña ventana que había por encima de la puerta principal fue el único contacto que Pedro tuvo con el mundo exterior durante varios meses.


En la época de frío los los sobrinos y pequeños de la casa preguntaron más de una vez extrañados por qué la tía Luisa o el abuelo Andrés subían un brasero encendido al doblado. Siempre les contestaban que era para ayudar a que se secaran las morcillas de la matanza.


En una de las pocas veces en las que Pedro había bajado del

doblado a la casa se produjo un hecho que pudo costarle un serio disgusto: Cuando se dieron cuenta estaba la Guardia Civil llamando a lapuerta. Pedro dio un salto y se metió en una de las habitaciones donde estaba acostada su hermana Luisa que llevaba unos días con achaques.

Uno de los guardias se dirigió a registrar el doblado y el otro al pajar. Un tercero se había quedado vigilando en el camino que había por detrás de la casa por si Pedro trataba de huir por el corral. Se ve que esta vez estaban muy seguros de la presencia de "su presa" dentro del domicilio y no estaban dispuestos a que se le escapara.


Al no encontrarlo ni en el doblado ni en el pajar registraron concienzudamente el corral y el resto de la casa mirando debajo de las camas, incluso de la de Luisa, y removiendo cualquier mueble u objeto que pudiera ocultar a una persona. La búsqueda resultó infructuosa para desesperación de los guardias que cabizbajos iniciaron el regreso a Castuera.


¿Qué había sucedido con Pedro?   ¿Por qué no lo encontraron?


Otra vez le había salvado su extraordinario instinto de supervivencia: 


Nada más oír a los guardias se metió en la cama de su hermana Luisa entre el somier y el colchón. Allí permaneció hasta que la Benemérita abandonó la casa.


En el doblado de su casa permaneció enclaustrado durante unos meses haciendo esporádicas salidas para visitar a su novia Rosa y a su hija Inés.



Llegó un momento en que se dieron cuenta de que la situación no podía seguir como estaba porque estaba poniendo en peligro a toda su familia ya que más temprano o más tarde acabarían descubriéndolo. 

Corrían rumores que en la sierra de Helechal había varios grupos de "maquis" que estaban medianamente organizados. Una noche salió de su casa con la intención de unirse a ellos.  Al llegar al pueblo vecino subió a la sierra de la Morisca y allí permaneció escondido en una cueva unos cuantos días tratando de descubrir algún indicio que que le acercase a los mencionados "maquis". No encontró ni rastro de ellos.


Cansado y decepcionado bajó al pueblo y se entregó a la Guardia Civil. Había puesto el final a un capítulo de su vida que había durado más de dos años.



La noticia de que Pedro se había entregado corrió como la pólvora por los pequeños pueblos del municipio. La familia pensaba que sería juzgado y condenado a muerte o pasaría el resto de su vida de calabozo en calabozo.

Pero esta vez nuestro protagonista tuvo suerte. Franco había promulgado aquellos días un decreto según el cual todo aquel que se entregara y no hubiese cometido delitos de sangre sería puesto en libertad. 


Pedro fue juzgado en Castuera y a los pocos meses regresó a Benquerencia donde pudo rehacer su vida. 

Tuvo con Rosa tres  hijas y dos hijos.
Posteriormente se trasladó a Cataluña con toda su familia donde vivió felizmente el resto de sus días.
¡¡Bravo Pedro!!
Benquerencia está orgullosa de personas como tú. Mereces nuestro aplauso y respeto.
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Ángel Martín Benítez


Terminada la guerra el régimen decidió que los perdedores, y por tanto “desafectos al régimen”, habían de ser los responsables de la “reconstrucción del país que ellos mismos habían destruido con la dinamita”, tal y como rezaba la propaganda de la época.


Así, aquel verano de 1939 llegaron a Garrapinillos los primeros camiones cargados de prisioneros y reclutas que integrados en los Batallones de Trabajadores debían cumplir la misión
de “abrir la caja”, esto es, de excavar a pico y pala, el trazado de las carreteras que habían de unir varios pueblos del Pirineo Aragonés y de la “Cornisa vasca”.



En los primeros meses la disciplina con los prisioneros era férrea, con duros escarmientos e incluso la muerte para los que intentaban escapar. El hacinamiento de los prisioneros, las extenuantes jornadas de trabajo bajo las duras condiciones climáticas del entorno, agravadas por la pésima alimentación recibida, consecuencia en gran parte de la corrupción existente entre los militares, hacían de aquello un auténtico campo de concentración.



Pasaban mucha hambre porque el alférez y el cabo vendían la comida que era para el batallón, aceite, garbanzos, todo lo que podían. Hacían estraperlo ¡¡con la comida!!. La que se supone que era para alimentar a los presos de los campos, y no quedaba que comer. Los ponían en fila y uno echaba el caldo y el otro los garbanzos. Como mucho eran siete, y los compartían si a alguno le tocaban más. Esa era la comida

hasta el día siguiente. Así un día y otro. 

Cuando iban a trabajar y pasaban por un campo de Remolachas si alguno podía coger unas hojas, las cogía y las repartía para comerlas y si era la remolacha entera, mejor. Comían hierbas cocidas. Se morían de hambre. 


Algunos de tiraban al suelo cuando venía un capitán ingeniero a ver las obras y preguntaba sorprendido que era lo que estaba pasando. Le explicaban que era producto del hambre y el agotamiento, y que algunos ya no se levantarían más, porque caían muertos y que no les daban de comer. 

Algunas veces al capitán se le "ablandaba el  corazón" y
daba parte. Durante unos días se comía mejor, pero al irse, otra vez se volvía a lo mismo, porque el capitán tardaba meses en volver. 



El cura no se preocupaba de los presos. Hacía la misa, y como no cabían todos muchos la oían fuera, y con el frío y la falta de alimento algunos se desmayaban y había que recogerlos del suelo y arroparlos con una manta. 



Tenían tanta hambre que cuando los llevaban a “trabajar”, pasaban cerca de unas casas, y si podían se escapaban un momento a pedir comida. En algunas casas no los recibían bien, por miedo a las represalias, pero en otras les daban unos panes enormes que hacían por allí, de dos o tres kilos. Los colocaban en el saco, y como podían los metían en el campamento y así calmaban el hambre unos días. Comían las hojas de los espinos, las hierbas, lagartos, culebras, lagartijas y cualquier bicho viviente que cayera en sus manos  y el que no lo hacía, se iba consumiendo poco a poco hasta que se moría. 

Cuando entraron en el batallón había chavales grandes, robustos, colorados y al cabo de un año, eran auténticos esqueletos, igual que las fotos de los campos de los nazis. Luego decían que en España no había campos de concentración.


Aquellos sargentos y cabos no tenían consideración ni humanidad con los presos. Los mataban de frío, los mataban de hambre, los molían a palos. 


Un día uno de los presos se escapó a ver si podía comprar algo de comida en el pueblo pero uno de los escoltas lo echó de menos, y cuando el chico asomó con un pan lo cogieron, le pegaron una enorme paliza y al día siguiente le colgaron una piedra enorme a la espalda que pesaría, que sé yo, más de
diez kilos, atada con unos alambres a los hombros. Al cabo de unos días de colocarle la piedra, se le pusieron los hombros tan mal, que ya no se le veían los alambres, de lo hundidos que los llevaba en la carne. Le quitaron la piedra, porque tenía los brazos y la espalda tan hinchados que no podía trabajar. 

Éste era el ambiente que le esperaba al joven benquerenciano de 23 años Ángel Martín Benítez, vecino de La Roda, hijo de Basilio y Carmen.

Ángel era un muchacho normal, quizás un poco tímido, que no había tomado partido por ninguno de los dos bandos en la contienda civil pero que como su padre era "de izquierdas" en su documentación llevaba la D de Desafecto.

Llegó a Garrapinillos resignado y con la esperanza que los tres años de mili que le esperaban se pasarían pronto y podría regresar a su querido pueblo. ¡¡Qué equivocado estaba!!.

Las primeras semanas en Garrapinillos trancurrieron sin incidencias remarcables. Mucha instrucción, mucho ejercicio físico y escasa comida.

Una mañana subieron a Ángel y a un buen número de sus compañeros en varios camiones militares y los trasladaron al Pirineo Aragonés donde les esperaba la construcción de una nueva carretera.

Como soldado trabajador estaba encuadrado en la estructura militar pero sin tener ninguno de los atributos militares, ni uniforme militar, ni arma, si posibilidad de jura de
bandera. 

Estaban continuamente vigilados por soldados armados tanto en el trabajo como en los barracones o campamentos, oficialmente denominados "soldados de escolta". 

Las horas de trabajo eran duras y extenuantes siempre vigilados por detrás por los escoltas con su fusil en la mano.
Para ir a orinar u otras necesidades Ángel tenía que pedir permiso y no mentir porque le iban siguiendo. Tenía que
estar muy pendiente de no cometar "falta" alguna ya que,aunque ésta fuese leve suponía ocho días al pelotón de castigo, con un saco de arena a la espalda trabajando y volviendo.

Había que aguantar a la fuerza; si protestabas, aunque tuvieses razón, te pegaban y tenías que agachar la cabeza e irte para otro lado. No había otra.

No había esperanza ni libertad. Sólo las palabras de ánimo de algún paisano benquerenciano o de compañeros del batallón. Era como el que está en el "callejón de la muerte" esperando a que ésta llegue.

De la comida que se podía decir: el alférez y los escoltas se quedaban con lo mejor y a la perola sólo iban los huesos. Y suerte del que pillara uno porque no había para todos. Más de una vez se daba el caso de que cuando uno dejaba el hueso otro lo cogía y seguía royéndolo.

Los barracones del Pirineo estaban hechos de una pared de piedra con ranuras para meter tablones de madera. Tenían dos pisos y la parte de arriba era de chapa. Cuando nevaba el aire metía la nieve por la abertura que había entre la pared y la chapa y los reclusos tenían que meter la cabeza debajo de la manta y respirar como los gorriones para entrar en calor.

Nuestro protagonista benquerenciano recibía con cierta frecuencia algún paquete con comida enviado por Carmen, su madre. Lo normal era que desde su llegada al batallón hasta que se lo entregaban pasaran por lo menos 25/30 días. Se lo daban abierto porque el paquete tenía que pasar la inspección rutinaria. Los mejores alimentos: chorizo, jamón y tocino habían desaparecido y sólo quedaban en el paquete frutas pasadas y algunas bellotas o almendras sueltas.

Aunque con mucho sufrimiento y fatiga los días iban pasando y Ángel se animaba a sí mismo porque la
construcción de la carretera estaba llegando a su fin y ya llevaba media mili hecha. Si había sobrevivido hasta la fecha ¿por qué no iba a aguantar hasta el final y regresar a su añorada Benquerencia?.

Uno de los escoltas siempre le estaba "buscando las cosquillas". Le daba los peores trabajos y se mofaba de él cada vez que se le presentaba la ocasión. Pero Ángel se aguantaba y miraba para otro lado.

Un día, cuando estaban repartiendo el rancho, se le acercó  "su amigo el escolta" y empezó, como era su costumbre, a meterse con él. Esta vez Ángel no pudo contenerse, "perdió los estribos" y le lanzó una patada que apenas alcanzó su destino. El escolta empezó a chillar revolcándose  por el suelo como si estuviese herido de muerte. Rápidamente se presentó el alférez con un par de "ayudantes" y se llevaron a Ángel al Cuerpo de Guardia.

Qué paliza le darían que al día siguiente tuvieron que enviar a Garrapinillos para que fuese atendido por los médicos. Seguro que temían que si se presentaba el capitán inspector
y encontraba a Ángel en tal estado pudiera tomar represalias contra el alférez y los autores de la paliza.

En Garrapinillos los médicos lograron salvarle la vida y en un par de meses estaba recuperado de las lesiones que había sufrido. 
Al poco tiempo llegaron los benquerencianos que ya habían terminado la carretera del Pirineo Aragonés, todos se alegraron mucho de que el bueno de Ángel se encontrara vivo.

La vida en el batallón zaragozano continuaba siendo dura, pero mucho más llevadera que la de los casi dos años que habían estado construyendo la carretera pirinaica.

Un día, cuando se acercaba la fecha del juicio de Ángel por los sucesos de la patada al escolta, un capitán del batallón llamó a Ubaldo. Le comunicó que había leído el expediente de Ángel y que, con toda certeza, lo iban a condenar a muerte. La única posibilidad que tenía de seguir vivo era que
Ubaldo, al ser su paisano, declarase que Ángel estaba loco y por eso le dio la patada al escolta.
Ubaldo no lo dudó y firmó la correspondiente declación.
El capitán llevaba razón. Se celebró el juicio y nuestro protagonista no fue condenado a muerte.

A los tres años de sus incorporaciones a filas los benquerencianos de Garrapinillos fueron licenciados y regresaron con gran alegría al pueblo para recuperarse de los horrores pasados y retomar su vida cotidiana.

Pero al bueno de Ángel no lo licenciaron y al cabo de un par de meses lo trasladaron al Psiquiátrico San Juan de Dios de  Ciempozuelos. En el centro madrileño no le trataron mal 
pero tenía prohibida la salida del recinto. Ni un sólo día pudo pisar la calle.


De Ciempozuelos fue trasladado al Psiquiátrico de Mérida donde pasó el resto de su vida ya que todos los intentos que hizo su familia para que recobrara la libertad fueron inútiles.

El año 19.. tuve la suerte de hacerle una visita en compañía
de Emilio Caballero y de sus sobrinos Antonio y Rosa. Me pareció un hombre asustadizo y tímido que se expresaba correctamente. Le preguntamos que si no sentía deseos de salir a la calle. Nos contertó: "Para qué....mi vida está aquí dentro".

Falleció el 27 de diciembre de 1994 a la edad de 78 años.

La dichosa patada de Garrapinillos le había costado 53 años de cautiverio. 

Sirvan estas líneas como un sencillo homenaje.

Muchas de las fotos están puestas como ilustración del capítulo para dar una imagen de aquellos tiempos vividos por los protagonistas.


ACTA DE NACIMIENTO DE ÁNGEL MARTÍN BENÍTEZ




Los hechos que se narran en este capítulo son reales aunque he tenido que cambiar algunos nombres.

Mi agradecimiento a todos aquellos que me han ayudado proporcionándome los datos necesarios para poder hilvanar los hechos: Antonio Maldonado y Francisco Medina( familiares de soldados que estuvieron en Garrapinillos), Manuel Sánchez "Matraco", la Mena, Antoñita, Orencia, Engracia Martín, Manuel García, etc, etc.). Trataré de ampliar este capítulo con algún personaje más si consigo la información necesaria. Saludos.

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